En la actualidad mediática canaria y nacional, nos hemos acostumbrado a un calentamiento retórico que merece analizarse. Y ésta será nuestra perspectiva, definiendo dos realidades y, por tanto, dos conceptos diferentes: ¿qué significa crítica? ¿Y qué definiría la hipercrítica?

Más allá de la invocación orteguiana de claridad, hay otra tan importante, de raíz anglosajona: claridad y rigor van unidos, y ello permite el debate democrático, de ahí la sospecha empirista del lenguaje febril y críptico que tanto prolifera en la tradición alemana –lo sentimos, somos parte de una luminosa tradición latina–. El gran Bertrand Russell nos advertía al respecto de un deseo humano, demasiado humano:

«Lo que los hombres realmente quieren no es el conocimiento sino la certidumbre». Podemos apostillar: sí, y sobre todo utilizando un lenguaje oscuro y confuso, imposible de rebatir en su dogmatismo, o, en otra versión, un lenguaje hipercrítico, hinchándose continuamente, que anula cualquier diálogo.

Denominamos crítica al ‘ejercicio libre y racional de argumentación frente a otra posición’. En el ámbito público y privado, estamos continuamente ejercitando nuestra racionalidad, es más, eso que llamamos democracia y que tiene origen griego, es imposible sin la libertad de expresión –una razón crítica entre otras–.

Por otro lado, hipercrítica se define como la ‘crítica que, llevada al límite, imposibilita cualquier otra argumentación u opinión’; esta modalidad retórica tiene tres consecuencias que queremos advertir: la hipercrítica es un espejismo crítico porque no comprende el carácter abierto e interpretativo de nuestro pensamiento y lenguaje; la hipercrítica es, por su propia naturaleza, una antesala de la violencia verbal y/o física; y por último, la hipercrítica se muestra como un fracaso individual o social por parte de quien la ejerce.

Cuando algunas opciones populistas, u otras desnortadas, critican cualquier acción de gobierno –sin posible respuesta–, y más allá de su contenido, están ejerciendo la mayoría de las veces alguna variante de la hipercrítica. Que lo sepan o no, es una cuestión educativa, pero ése es otro debate: hay quienes creen que la democracia es espontánea. Ortega y Gasset lo diagnosticó como un mal endémico español: el adanismo.