sar Manrique

y su Canarias inolvidable

A menudo ciertas personajes públicos, por diversas circunstancias, se convierten en ejemplos de una causa o sensibilidad hacia un tema político o social. Hay que huir de dos tendencias que anulan su justa consideración: la hagiografía que blanquea y engrandece de forma vacía una determinada biografía; y, por otro lado, la hipercrítica que suele, desde diferentes intereses, destruir el legado o herencia ejemplar de ese personaje abordado.

Toda vida tiene la suficiente complejidad para no caer en la simplificación que nada aporta. Dicho esto, no ser capaz de admirar el pensamiento y la acción del otro, denota una grave carencia que define a quien lo ejerce.

Es aquí donde cobra sentido la famosa afirmación de Ortega y Gasset: «Cada día me interesa menos ser juez de las cosas y voy prefiriendo ser su amante». Sí, ser amante de todo aquello que es digno de admirarse –cosas o personas–, podría ser una mínima moral a llevar a cabo en este país cainita.

El polifacético César Manrique amó profundamente nuestra tierra, su tierra: Canarias. Viviendo en Nueva York en la década de los sesenta, escribía lo siguiente:

«Mi última conclusión es que el HOMBRE en Nueva York es como una rata. El hombre no fue creado para esta artificialidad. Hay una imperiosa necesidad de volver a la tierra. Palparla, olerla. Esto es lo que siento».

Volverá a Lanzarote, a cumplir su sueño: nuestra concepción de una Canarias verde, sostenible, queramos o no, está impregnada de su mirada. De ahí su confesión posterior:

«Cuando regresé de New York, vine con la intención de convertir mi isla natal en uno de los lugares más hermosos del planeta, dadas las infinitas posibilidades que Lanzarote ofrecía».

Y lo hará extendiendo su trabajo creativo por todo el archipiélago:

César Manrique y su Canarias inolvidable,

uniendo para siempre arte y naturaleza