CULTURA SIMULACRO

En 1964, Umberto Eco publicó un clásico: Apocalíticos e integrados, donde analizaba agudamente la dicotomía alta cultura / cultura de masas; en esa década, Marshall McLuhan adelantó con su intuición genial muchas tendencias que se han consolidado en el presente: Esa aldea global somos nosotros. Y será en esa época, cuando Guy Debord iba a desentrañar críticamente el capitalismo triunfante como una sociedad del espectáculo. Todo se precipitaba en la revolución del 68: un acontecimiento que no encajaba en los análisis marxistas que habían anunciado la necesaria llegada de la revolución.

De las cenizas de aquella década clave en el s. XX, surge la postmodernidad en el diagnóstico clásico de Lyotard: el final de los grandes relatos testificaba el fracaso de las promesas de la Ilustración; Baudrillard narraba, mientras tanto, la paradójica cultura simulacro en la pensamos y vivimos; y como giro político, se iniciaba en los ochenta la revolución neoliberal con los gobiernos de M. Thatcher y R. Reagan: el Estado era el problema, no la solución. En Sillicon Valley, al norte de California, se estaba gestando con empresarios visionarios como Steve Jobs o Bill Gates, uno de los grandes cambios tecnológicos y comunicativos de la historia.

CULTURA RED

Nosotros, los habitantes de una cultura red, esa cultura horizontal que está transformando el trabajo y el ocio del mundo global, somos los herederos de todas aquellas transformaciones y discursos que, con la llegada de Internet en 1995 –un proyecto militar que se inició también en los sesenta–, iba a sintetizar tantas líneas históricas aparentemente dispersas. Manuel Castells lo resumió de este modo:

«Participando en la producción cultural de los medios de comunicación de masas y desarrollando redes independientes de comunicación horizontal, los ciudadanos de la Era de la Información son capaces de inventar nuevos programas para sus vidas con los materiales de sus sufrimientos, miedos, sueños y esperanzas».