El fanatismo

de nuestro tiempo

En el mundo global e interconectado del s. XXI el rostro del fanatismo no puede reflejarse en un espejo: se llama complejidad. Entre todas las definiciones, siempre me ha encantado la propuesta por W. Churchill: “Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad, y que no quiere cambiar de tema”. Y al decir fanatismo, nos referimos a cualquiera de sus especies: político, religioso o deportivo. El fanático es obsesivo en su forma de pensar, y demuestra una falta de flexibilidad que nos indica el porqué y núcleo de su fanatismo. El sentido común siempre está en peligro cuando se enfrenta a esta hoguera del pensamiento: ¿cómo razonar frente a alguien que niega cualquier racionalidad sobre el tema que se dialoga? ¿Puede la razón debatir con una emoción sobrecargada que anula otro horizonte que sí misma? ¿Qué hacer entonces cuando nos hemos dado cuenta que es demasiado tarde?

Estas preguntas adquieren más dramatismo en el actual mundo de incertidumbre que vivimos. Hemos dejado atrás tanto la modernidad cartesiana -no, no somos cogito ergo sum (yo pienso, por lo tanto soy) en nuestra primera realidad-, como la modernidad ilustrada que aún tenía en la idea de progreso, un ideal colectivo que guiaba nuestra política y moral. Como la gran sociología contemporánea nos ha enseñado, habitamos una sociedad del riesgo (U. Beck); nos movemos en una sociedad líquida (Z. Bauman); y ya estamos sumergidos en la nueva sociedad red (M. Castells). Y esto implica que los grandes simplificadores no pueden enfrentarse a los retos y desafíos del presente: cualquier fanático es un gran simplificador, lo sepa o no. Quien no soporta la incertidumbre en el ámbito individual y colectivo; quien sólo pueda pensar a través de supuestas certezas provenientes de sus tradiciones o costumbres; o quien sólo pueda pensar analógicamente, desdeñando nuestra vida entrelazada, se está retratando.

A lo anterior, póngale adjetivos:

es el fanatismo de nuestro tiempo