El fundamentalismo islámico

y nuestro presente

Todas las religiones pueden caer en su deformación más peligrosa: el fundamentalismo. Y especialmente las religiones monoteístas que, históricamente, han demostrado esa especial tentación. La relación con el pasado es un filtro que permite diferenciar al verdadero renovador, del inquietante fanático. Asumiendo, como dice el teólogo Manuel Fraijó, que toda religión debe construir una relación constructiva con tres estadios: los orígenes, la tradición y el momento presente.

«Las religiones son comunidades narrativas de acogida que ayudan a vivir y morir digna y esperanzadamente. Cuando una religión margina alguno de estos tres estadios –los orígenes, la tradición y el momento presente– y se aferra a que el velo se rasgó por completo en los mitificados momentos iniciales surge el fundamentalismo. Su pecado no se localiza, pues, en la búsqueda de fundamento; es humana y necesaria, sin ella se camina a la deriva. El fundamentalismo se hace fuerte cuando las religiones, además de afirmar legítimamente su trascendencia, niegan, ya sin legitimidad para ello, su contingencia histórica y las heridas que el paso del tiempo ocasiona. La negación de la historia es una invitación solemne al fundamentalismo».

El enigma del fundamentalismo religioso, Manuel Fraijó, El País, 24/03/2016

Como vemos, la negación de la historia es una buena señal para empezar a identificar el espíritu fundamentalista. Siguiendo el criterio de especialistas en la historia de las religiones monoteístas, y del propio Manuel Fraijó, hay dos ámbitos donde se puede establecer una conexión clara con el fundamentalismo: en la comprensión e interpretación de sus textos sagrados; y en la separación de lo sagrado de lo profano, o sea, la cuestión histórica de su secularización. Así lo explica el gran teólogo español:

«En primer lugar, la comprensión e interpretación de sus textos sagrados. Casi tres siglos lleva el cristianismo a vueltas con la exégesis de su Biblia. La aplicación del método histórico-crítico a los textos bíblicos no ha supuesto su debilitamiento, sino una mayor fortaleza. Algo parecido se espera de la incipiente exégesis crítica del Corán. El libro sagrado de los musulmanes determina rígidamente todos los aspectos de su vida religiosa y social. Según el islam, el Corán fue dictado íntegramente al Profeta Mahoma por un ángel en el cielo. Tal vez esta procedencia divina tan directa esté en el origen del temor a someter el Corán a los rigores de la exégesis histórico-crítica. Un temor que no es unánime: existe un islam fundamental que empieza a asomarse a la exégesis crítica del Corán; menos propenso a esta tarea es el islam fundamentalista, siempre volcado en la interpretación literal del texto sagrado; y ajeno a las fatigas de la interpretación histórico-crítica es el fundamentalismo islámico, de triste actualidad por los fines bastardos con los que lee y aplica determinados pasajes del Corán. No existe, pues, un único islam, como tampoco existe un solo cristianismo o un único judaísmo. Sería injusto no diferenciar cuidadosamente».

Ibíd.

Y respecto al segundo ámbito, ésta es su opinión:

«En segundo y último lugar: a todas las religiones les cuesta separar lo sagrado de lo profano. Muchos musulmanes defienden que, por el honor de Alá, no debería haber zonas francas seculares. Sin embargo, los estudiosos del islam están convencidos de que en algunos países musulmanes el islam está evolucionando y terminará percatándose, como le ocurrió al cristianismo, de que en la vida no todo es religión».

Ibíd.

Como dijimos en un artículo anterior, aún con esos tibios comienzos en algunos países, la secularización sigue siendo una asignatura pendiente del Islam.

No hay atajos en la historia