El fracaso trágico

del multiculturalismo

Uno de los aspectos inquietantes que se van desvelando de los sucesivos ataques terroristas islamistas en Europa y otras partes del mundo, es el fracaso trágico del multiculturalismo que, en diferentes modalidades, ha sido mayoritario en las sociedades abiertas. Por ello, es necesario diferenciar multiculturalidad y multiculturalismo:

La multiculturalidad como situación de hecho –en este caso, sinónimo de ‘pluralismo’–, que se refleja en la constitución de las sociedades abiertas, algo inherente a la misma.

El multiculturalismo como teoría política y social que valora positivamente la coexistencia de diversas culturas en una misma sociedad, desde la tolerancia y el respeto mutuo, defendiendo positivamente que ese estado es el mejor para organizarnos colectivamente.

Por ello, los dos argumentos que exponemos deben comprenderse como una crítica del multiculturalismo, y que no afectan a la necesaria e hibrída multiculturalidad de las sociedades del s. XXI.

1

El multiculturalismo es un modelo equivocado por su falta de realismo. En un mundo utópico donde todos fuéramos tolerantes, y respetáramos al otro en todas sus dimensiones, sin duda, sería un modelo ideal para organizarnos política y socialmente; pero no es así, por varias razones: existen elementos de una cultura por su desarrollo histórico que son incompatibles con las sociedades de acogida, por ejemplo, el tratamiento y concepción de la mujer en el Islam; hay en las sociedades abiertas un principio fundamental: el respeto a la ley -y ésta es siempre un destilado histórico-social de los valores, normas y costumbres aceptados mayoritariamente en esa sociedad-, que no puede ser obviado, justificándose por ser una minoría cultural, sea cual sea, con el objetivo de defender o salvaguardar su diferencia.

2

El multiculturalismo es un modelo equivocado porque prioriza la coexistencia, frente a la integración social. Decir «coexistencia» es, queramos o no, afirmar la proliferación de sociedades paralelas que, más que tolerarse y respetarse mutuamente, se vuelven ensimismadas y no entablan un verdadera diálogo con la otra, con la consiguiente explosión de conflictos como estamos viendo con la comunidad islámica en Europa. El final de ese diálogo debe ser la integración social, y no una mera coexistencia que cronifica los problemas, sin ser ninguna solución. Dicho de otro modo: necesitamos menos ingenuidad en las democracias, y un replanteamiento de lo que significa vivir en ellas.

Defender una sociedad abierta implica, siempre, saber históricamente la complejidad de su devenir hasta nuestro presente.