Uno de los errores de la clase política e intelectualidad española, ha sido obviar o minimizar el proceso político y sociocultural de construcción nacionalista que se ha materializado en Cataluña en los últimos veinticinco años desde que llegó al poder el pujolismo. Se aducían varios argumentos: el independentismo era una minoría radical sin peso de verdad en el conjunto social de Cataluña; es imposible que en la actual Unión Europea se opte por una opción que, llegado el momento, los dejaría fuera inmediatamente; o, por último, se ninguneaba todo análisis con la idea socorrida de Ortega y Gasset en la II República: al no tener una solución, conllevar el problema de Cataluña.

En ese proceso político y sociocultural nacionalista catalán hay cinco ejes que lo vertebran: un modelo educativo de inmersión lingüística, exclusivamente en catalán, donde se excluye el español en una sociedad bilingüe de hecho; unos medios de comunicación subvencionados que sirven de coartada ideológica al procés; una red capilar por toda la sociedad civil –de ahí la importancia de la Asamblea Nacional de Cataluña (ANC) y de Ómnium Cultural– donde el soberanismo se convierte en hegemónico, alentando una hispanofobia en todos los frentes; una alianza de intereses mutuos con el Barcelona, y otros deportistas y equipos, donde se politiza toda la actividad deportiva con un claro objetivo: visualizar internacionalmente la independencia; y como último eje, una red de intelectuales y académicos en el plano internacional que, gradualmente, van desgranando el relato de una Cataluña con derecho a un Estado propio, frente a un Estado autoritario, España, aprovechando todos los tópicos y estereotipos sobre nuestro país en el imaginario que se proyecta.

Lo que estamos viendo ahora es el episodio final de este largo proceso que, finalmente, explota: en uno de los países más desarrollados del mundo, España, y en una de sus Comunidades Autónomas más ricas y con mayor autogobierno a nivel mundial, Cataluña, se desarrolla un proceso de independencia que no sigue ningún modelo precedente.

Lo repetimos: ningún precedente, por ello debemos esforzarnos en comprender su novedad si queremos realmente afrontarlo en toda su complejidad. Pongamos nombre a todo lo anterior: historia y fervor en Cataluña -aún no sabemos las consecuencias de lo que está ocurriendo-. Pero el fervor es el preámbulo de la violencia: ojalá nos equivoquemos.