La sociedad hiperconectada del s. XXI tiene una característica indudable: el impacto fundamental de la tecnología en nuestra vida individual y social. Si asumimos esta idea, se pueden delimitar tres grandes posiciones y/o actitudes ante el hecho central de la tecnología. Comprenderlas es importante por dos razones: ser conscientes de la pluralidad de las respuestas sobre la realidad tecnológica; y, no menos importante, ir más allá de un maniqueísmo tecnológico donde se cae en la simplificación que nada ayuda.

Antes de abordar estas tres definiciones, me gustaría señalar un aspecto que suele pasar inadvertido: en gran parte, al adoptar una posición u otra, estamos implícita o explícitamente enunciando nuestro vínculo ontológico –qué entendemos por la realidad– y con ello, adoptando una forma de estar en el mundo. Vivir es, siempre, mostrar nuestra confianza o no sobre lo que pensamos es la realidad –también nuestro desconcierto–.

Tecnofilia: Es la posición acrítica que asume la tecnología como solución a cualquier problema individual o social – y en el límite de forma patológica-. El tecnófilo es el sujeto que se ha vuelto dependiente de las tecnologías, y que ha convertido esa dependencia en una ingenuidad optimista, en el extremo utópica, sobre la tecnología como solución a todo problema humano.

Tecnofobia: Es la posición hipercrítica con la tecnología, pensándola como problema y proceso deshumanizador necesariamente de nuestro estar en el mundo. El tecnófobo es el sujeto que sólo ve la tecnología como un proceso que nos domina y, finalmente, nos deshumaniza, y donde sus efectos negativos superan con creces sus posibles ventajas.

Tecnorrealismo: Finalmente, tecnorrealismo es la posición que adopta un realismo crítico con las tecnologías, o sea, evalúa su pluralismo desde su reconocimiento, evitando caer en los dos extremos anteriores. Como se ha dicho, esta última posición es una forma de ir más allá de la famosa distinción de Umberto Eco entre apocalípticos (tecnofobia), e integrados (tecnofilia).

Y es que la realidad sabe vengarse con sus matices de todo reduccionismo; por eso, nos exige pensar su novedad en cada época.