Hace más de veinticinco siglos que el movimiento sofista nos enseñó esta lección fundamental: el ágora es, antes que nada, una confrontación lingüística, de ahí la importancia y el impulso que dieron a la retórica. Los seres humanos no buscamos tanto la verdad –relativa y discutible siempre–, como algo más emocional: que nos den la razón.

Si nos fijamos en la mayoría de las discusiones, no tienen otro sentido que ganar esa disputa, ese debate entre dos sujetos. Esta dimensión inherente a la política, se ve llevada al límite en nuestra sociedad hiperconectada: la atención es el nuevo manantial al que toda empresa, organización o institución, quiere llegar y, si puede, monopolizar. Y uno de los medios más importantes para captarla es el lenguaje oral o escrito.

Protágoras o Gorgias no tuiteaban, pero ya sabían que el efecto retórico de nuestras palabras es un arma invencible en la sociedad humana. Hay, desde esta perspectiva, dos clases de verbos políticos: «verbos de ‘pacto’», y «verbos de ‘conflicto’».

Cuando un titular mediático dice que un partido político impone a otro una determinada acción, comprendemos inmediatamente la línea editorial de ese medio, y lo que se quiere condicionar entre esos partidos. Pero yendo más allá de la coyuntura, lo que un determinado lenguaje político evidencia, es la actitud básica de un líder, o de un partido político. Y la memoria desde nuestro archipiélago sabe muchas cosas; por ejemplo:

Que ningún partido centralista se ha interesado voluntariamente por la situación de Canarias.

Que la mayoría de los avances consumados de nuestra Comunidad Autónoma no salieron de la nada, sino del poder negociador del nacionalismo canario en el parlamento español.

Cuando se reivindica Canarias como primera identidad política, se dicen también muchas cosas, y –entre ellas– sobresale una: no queremos que se nos impongan medidas desde un despacho de Madrid, sea mediático o político.