La atracción del

falso romanticismo

Quisiera reflexionar a partir de las últimas declaraciones de Eduardo Mendoza, el novelista barcelonés, que resumo de un artículo en El País:

«(La ruptura) ha venido en un momento en el que teníamos todo para vivir bien. De repente nos hemos convertido en un país triste y abocado a la división (…)».

«Que hay que atacar el problema, hay que atacar también las causas» (…). «Uno de los motivos por los que está ocurriendo esto es la desesperación de la gente joven que no ve un futuro ni un presente claro y que viven en un mundo poco estimulante»,

Finalmente: «eso hace que se apunten a causas perdidas y falsos romanticismos».

El País, 18/10/2017

Sobre ello dos ideas.

Primera

La revolución, en efecto, es una de las peligrosas pasiones que una parte de una juventud acomodada del primer mundo puede sentir –en Cataluña, conformando España, uno de los estados del bienestar de Europa–. Esa peligrosa pasión puede ser enunciada como «una causa perdida y un falso romanticismo», pero si nos quedamos ahí, nos faltaría otra dimensión del problema que es necesaria abordar.

Segunda

Ninguna xenofobia es espontánea, al revés, es un progresiva creación colectiva que interiorizan los sujetos, y esa creación ficticia puede ser intencionada o no. En el caso que nos ocupa, es clara esa intencionalidad desde ese entramado de gobierno autonómico y organizaciones civiles (Asamblea Nacional Catalana, y Òmnium Cultural) que se han capilarizado en toda la sociedad civil en Cataluña. Sólo a partir de una hispanofobia, hija del adoctrinamiento progresivo de un sistema educativo donde se ha expulsado al español en una sociedad bilingüe, y de unos medios de comunicación subvencionados para la consecución de ese proyecto independentista, es comprensible esa ira y ese fervor que estamos asistiendo estos días.

Hay ingredientes necesarios para crear ese marco mental de pensamiento independentista: la manipulación burda de la historia común, la caricaturización de lo español como atrasado y autoritario, o el desprecio hacia los tópicos y estereotipos que resumen su ideario de lo español. Todo ello tiene como resultado esa nueva ilusión del procés que moviliza a una parte de Cataluña: ser un nuevo sujeto político, un Estado.

Por cierto, no es gratis y tiene un componente socioeconómico evidente: «Según datos del CEO –el centro de estudios de opinión de la Generalitat– solo un 32% de los catalanes con ingresos familiares inferiores a 900€ quieren la independencia. Son las rentas más altas quienes la apoyan. Los separatistas son mayoría a partir de 1.800€ de renta mensual.Entre quienes ganan más de 4.000€, el 54% quiere la independencia de Cataluña», El País, 28/09/2017.

Muchos, mientras tanto,

quieren seguir negando lo evidente