La autoayuda como excusa

Antes que nada, me gustaría esclarecer que no tengo nada contra los libros, maestros o eventos de autoayuda; es más, si existen sujetos a los que puedan verdaderamente servirles, no tengo ninguna objeción que hacer –sé que los caminos de la supuesta salud mental y emocional son inescrutables–.

Lo que les propongo es otro ejercicio: intentar averiguar el porqué del creciente sector de la autoayuda, o sea, ésta como excusa para no iniciar otras posibilidades existenciales.

Para ello sintetizaré dos argumentos que nos ofrece Borja Vilaseca en un gran reportaje de hace tiempo en El País: “La verdad sobre la autoayuda”.

El primer argumento es la contradicción que se desprende de su propio nombre, y su realidad comercial:

«Más allá de la opinión que tengamos al respecto, la autoayuda es un movimiento psicológico cargado de buenas intenciones. Sin embargo, alberga una contradicción en sí misma. ‘Autoayuda’ quiere decir ‘ayudarse a uno mismo’. Si bien los demás pueden escucharnos, apoyarnos y compartir con nosotros lo que han aprendido de sí mismos, nadie más puede resolver nuestros problemas y conflictos existenciales. Cada uno de nosotros está llamado a recorrer su propio camino».

«La verdad sobre la autoayuda», Borja Vilaseca, El País, 16/10/2011

El segundo argumento relaciona esa creciente importancia de la autoayuda con el declive de las instituciones religiosas:

«El triunfo de la autoayuda tiene mucho que ver con la pérdida progresiva de credibilidad que están padeciendo las instituciones religiosas. De hecho, algunos sociólogos afirman que la autoayuda está en camino de convertirse en la gran religión del siglo XXI. Lo cierto es que ambas comparten una serie de paralelismos, entre los que destaca el paternalismo. Esta similitud pone de manifiesto el victimismo imperante en nuestra sociedad. En general, queremos que alguien o algo resuelvan nuestros problemas y conflictos. Por eso solemos aferrarnos a personas o instituciones que nos ofrezcan consuelo y nos garanticen seguridad».

Ibíd.

Lo anterior, implica que cualquier camino interior es personal, o sea, intransferible, y no debería estar tutelado por ninguna institución de poder. Les aviso: suele ser muy doloroso, y no habrá nadie a quien echarle la culpa. Ustedes eligen.