La crisis educativa contemporánea

Nuestro sistema educativo está construido respondiendo a las necesidades de una sociedad industrial. Ello implica organización, currículo y otros factores que damos por inamovibles. La inercia es muy peligrosa, cuando lo que te rodea está cambiando aceleradamente.

La reforma de todos los sistemas educativos es y será una de las cuestiones políticas de los próximos años y décadas.

Asistimos a lo que denominamos una explosión educativa. Concretemos dos factores: anacronismo de una organización escolar que ya no refleja la dinámica social, ese anacronismo implica la división de dos tiempos: tiempo de vida y tiempo escolar; y segundo: el anacronismo de un currículo y habilidades que no adapta a los alumnos para los nuevos retos, esto lleva a la continua degradación de la educación formal como fuente de legitimidad social.

Cualquier fractura social y educativa debe reconstruirse sobre un diagnóstico adecuado: el presente de nuestras sociedades de la información se juega en quién y, simultáneamente, qué tipo de conocimiento se produce.

El desarrollo político, económico, social y tecnológico de un país tiene que contestar a este desafío. La pregunta es inevitable: ¿tienes un sistema solucionando ese reto? La política educativa será una de las protagonistas en el debate político que se avecina, por que nos hallamos ante una de las grandes crisis educativas de la historia occidental –entrelazada, como no podía ser de otro modo, con la aparición de Internet–.

Y sobrevolando sobre todo ello, cobran sentido las palabras de George Steiner:

«Pero hay algo que me preocupa: los jóvenes ya no tienen tiempo… de tener tiempo. Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. Y hay que tener tiempo para buscar tiempo. Y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio. El miedo de los niños al silencio me da miedo. Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial».

Obviar lo anterior,

es condenarse a la irrelevancia.