Juan Manuel García Ramos, el presidente del Partido Nacionalista Canario (PNC), con el apoyo de sus compañeros de Coalición Canaria (CC), protagoniza una iniciativa muy importante en forma de proposición no de ley (PNL): que la Cámara se pronuncie y se oponga a la prohibición de acceso de la bandera tricolor canaria con las siete estrellas verdes a los recintos deportivos y actos populares. Y vuelve a demostrar el porqué del nacionalismo canario: en este debate, su lucha por aquella simbología donde el pueblo de Canarias se reconoce.

Con buen criterio, promueve que la popular bandera isleña sea «un emblema de identidad canaria», dentro de la legalidad y constitucionalidad del Estado español. Y lo hace con un argumento que nos retrata como pueblo, y que todos más allá de sus ideas, pueden admitir: nunca ha sido utilizada o asociada desde varios lustros a incidente alguno, ¿quién no ha cantado esta canción de Francisco Tarajano Pérez?…

La bandera de mi patria tiene un recio pedestal en toda alma canaria sin la mancha colonial.

Es la bandera que marca las señas de identidad: el amarillo, Canarias; el azul, la libertad; el verde, bella esperanza; el blanco, fecunda paz y siete estrellas que llaman a fértil fraternidad.

Blanca, azul y amarilla es mi bandera con siete estrellas verdes que reverberan.

Esa bandera que me bese la cara cuando me muera. ¡Mira que suerte: sentirme buen canario hasta la muerte!

Francisco Tarajano Perez

Puede que para algunos ésta sea una cuestión menor. Pero no, no lo es para alguien que se considere nacionalista canario: un pueblo debe saber conservar sus tradiciones y su personalidad, y entre ellos, está la simbología donde se emociona. Si nosotros no defendemos algo que sentimos como propio, nadie va a venir a hacerlo: ojalá nos demos cuenta de que es el nacionalismo canario quien encarna ese sentimiento y esa ideología.