Con estas premisas, la expresión gráfica del cómic como tal debería llevarnos a ciertas consideraciones que tienen que ver con la manifestación, con la comunicación, esto es, con quién se expresa y hacia quién.

Si bien podemos estar de acuerdo fácilmente con Noam Chomsky en el sentido en que el asentamiento de la comunicación mediante palabras es tan natural que se da aparentemente sin esfuerzo –o que, al menos, el esfuerzo se ve compensado de lleno por el resultado de compartir un canal complejo de comunicación– y sin un ambiente estructurado –incluso en ambientes estimularmente deprimidos–,

La adquisición de la lectura de textos sin más apoyo gráfico es algo que requiere de mayores cantidades de tiempo y afanes.

Afirma Maryanne Wolf, especialista en desarrollo infantil: «la lectura es una invención cultural que no estaba programada en nuestro patrimonio genético». Es decir, el texto es algo que manejamos desde los sumerios y egipcios, por lo tanto, desde hace sólo unos pocos miles de años, raramente descontextualizado, sin imágenes, que sí están presentes, en cambio, en todas las culturas como aglutinadores simbólicos, desde la lejana Prehistoria.

Si para algo estamos programados neurológicamente, es para entender una historia en imágenes o, al menos, apoyada en el lenguaje no verbal de la expresión oral directa, compartida o aun individualmente: como nos recuerda San Agustín de Hipona en sus viajes a Europa, ya en su tiempo –s.IV-V– le producía un gran impacto el constatar cómo había usuarios de textos que podían leer en silencio.

Para los antiguos, el aprendizaje era oral, el arte de la palabra, lo escrito un mero soporte, truco, para ayudar a nuestra memoria; lo crucial era hacer vivir a la palabra, en voz alta: mismas palabras en diferentes voces, inflexiones; como los actuales mensajes de texto, lo escrito en papel, cera, madera, metal o piedra revestía un halo de objetividad pero perdía en matices emocionales, se perdía el presente del momento en favor del pasado y quizás el futuro.

Lo crucial era

hacer vivir a la palabra

Podríamos detenernos, si nuestro objetivo fuera profundizar en dichas especificidades, en que, amén de demostrar nuestras capacidades de adaptación el hecho de asimilar una información únicamente a través de textos, en un momento determinado –hay un trabajo previo, claro está, de construcción de conceptos abstractos y de otros objetos más tangibles para nuestros sentidos–, no se nos escapa que la elección del mismo código –alfabeto latino o ideogramas japoneses, por ejemplo– y su asimilación y uso, naturalmente, requieren de mecanismos bien distintos de codificación, recodificación y decodificación; también de interpretación, algo a lo que no escapan nuestras tan modernas leyes.

Por lo tanto, ni siquiera el texto en una manifestación aislada cuenta con una entidad desligada, pues presupone toda una cadena de asociaciones –en las que a veces nos encontramos y otras no tanto, pues un solo concepto, ‘mar’ depende de mi experiencia personal con las vivencias asociadas a esas combinaciones de fonemas y letras, es decir, a otras experiencias– para poder acercarnos mínimamente a lo pretendido por el autor del texto.

Por mucho cariño que le tengamos a los textos de Platón –y a lo que creamos que hemos comprendido de sus intenciones–, no hay nada enteramente abstracto, no hay ideas de existencia independiente. Las ideas no son puras, independientes, descontextualizadas. Si lo fueran, no podría existir relación entre ellas. No habría comunicación, del mismo modo en que todos nosotros estamos relacionados por origen, que ya es biológica y necesariamente mestizo.

Con más razón si hemos de imaginarnos a Sócrates y Homero sospechando que, como en la máscara de El Mago de Oz, es otro quien habla a través de su boca. No estamos allí para comprobarlo y quizá se proyectan en nosotros expectativas propias y ajenas…

El deseo de creer a alguien que nunca veremos.

A los que nunca oiremos.

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Psicólogo, Antropólogo y estudiante de Geografía e Historia

Soy un apasionado de todo lo que tiene que ver con las personas, con la sociedad, como decía Publio Terencio Africano: “Hombre soy nada humano me es ajeno”

Me he formado en disciplinas de la Salud y de las Ciencias Sociales, Letras, Idiomas, en España y en Italia

Intento aportar valor a diversas propuestas de proyectos laborales, formativos, culturales, sociales en general y de colaboración profesional. Me apasionan todas estas esferas: Psicología -especialmente en Clínica y Educativa-, Antropología e Idiomas –trabajo en Español, Inglés, Italiano, Francés-, Docencia, Historia, Arqueología y el resto de Ciencias ligadas al campo Humanista, Gestión y Administración, Proyectos Culturales, Académicos, como escritor y conferenciante.

  • Juan Carlos

    Interesante artículo, enhorabuena Hugo.

    • Hugo Fernández Robayna

      Gracias, Juan Carlos. Abrazos

  • Marianne ortun

    Si Hugo, estamos acostumbrados y programados , como muy bien explicas en tu maravilloso artículo, para entender y ver la historia a través de la imagen.
    Desde los dibujos de la Prehistoria, donde el cazador mágicamente proyectaba sus anhelos de caza en los grabados de las cuevas, desde lenguaje de los símbolos misteriosos de las antiguas pirámides de Egipto, hasta nuestros días, donde a veces utilizamos el lenguaje de los emoticonos como medio de expresar sentimientos y emociones .¿ Volvemos quizás a añorar un lenguaje universal antes que las lenguas se separasen, antes de la supuesta Torre de Babel?..
    Es misterioso y alentador como el ser humano tiende a simplificar su comunicación a favor de la imagen. A veces ,quizás se haga cierto el dicho de: “Una imagen vale más que mil palabras”. Pero como todas la comunicación tiende a se interpretada de forma subjetiva , bajo el prisma de nuestras emociones.
    Felicidades Hugo, gran artículo que nos invita a profundizar en la necesidad del ser humano como ser social, de expresarnos y darnos a conocer a través de la imagen.

  • Hugo Fernández Robayna

    En efecto, por mucho que nos resulte intuitiva la percepción de imágenes, siempre hay una mediación de nuestros substratos personales y culturales; como occidentales, quizá nos encontremos más tendentes a catalogar, etiquetar, por ejemplo, en nuestra tradición clasificatoria; en otras es más importante integrar, considerar el contexto. ¡Gracias por las valoraciones e ideas!