La poca consideración e importancia

que se ha dado al hecho educativo

Es un problema crónico de la historia española. Comprensible en un país que pronto entraría en una progresiva decadencia imperial y que no tuvo una Ilustración que lo igualase al devenir europeo, y donde se ahogó la posibilidad de una tradición científica y filosófica fuerte al estar dominado su pensamiento y su acción por la Iglesia católica –no es casual que aquí comenzara la Contrarreforma como oposición al movimiento luterano que sacudiría los cimientos de la esfera pública y privada en Europa–.

Pensar de forma autónoma siempre es sospechoso en España; de ahí, ese dogmatismo acrítico –tan usual en muchos temas–, o esa aversión a estudiar cualquier tema antes de emitir una opinión.

Estamos en una coyuntura donde no se deja de hablar de la reforma constitucional, y no seremos nosotros quienes digamos que no es necesaria: lo es, y empezando por la organización territorial que es un problema abierto en nuestra ley de leyes, agravado por la actual crisis de Cataluña.

Pero hay otra reforma estratégica que es tan necesaria como la anterior: la reforma educativa que proponga una ley consensuada que sirva de referencia a varias generaciones.

En ella una de las cuestiones centrales será la función  docente: un nuevo modelo de selección y de formación que posicione a la docencia como lo que debe ser en el s. XXI, una de las profesiones más importantes social y culturalmente.

Lo escribí hace tiempo: nunca tuve héroes en mi infancia o adolescencia, pero tuve buenos maestros que me enseñaron algo que nunca olvidé: el mejor maestro se llama fracaso, y tarde o temprano siempre lleva nuestro nombre.

Nuestra mentalidad lo estigmatiza de forma cruel –«eres un fracasado»–, pero sin él no hay ninguna creación que sea posible. Llámame fracaso, llámame mejor.