¿No les parece que el pesimismo tiene un prestigio que no merece? Hay una corriente de intelectuales y periodistas que han hecho mucho daño en su pesimismo militante. Escúchenlos: todo está mal, es imposible que esto cambie, nuestra comunidad se lo merece, se veía venir, lo mejor es que todo desaparezca y todo vuelva a comenzar. Política, cultura, sanidad, educación, deportes… son los temas recurrentes de los «pesimistas militantes». Apliquemos una aportación psicológica muy famosa de Seligman, han interiorizado la «indefensión aprendida»: hagan lo que hagan, no creen en el resultado o eficacia de lo que hacen.

CREER EN LO QUE HACES

Y lo que es aún peor, trasladan su problema a los demás. Un pesimista militante en un cargo de responsabilidad es lo más peligroso que puede haber para quienes «padecen» su gestión. Aquel no cree en su trabajo y dirá que todo está fatal, que aunque lo hace de muchas formas diferentes, siempre se encuentra que las personas a su cargo no quieren mejorar. Huyamos de ellos, y ¡sonriamos! después. Transmitir pasión, alegría, entusiasmo… implica CREER EN LO QUE HACES.

LLEGAR A CANARIAS

En relación con lo anterior, uno de los criterios más evidentes para diferenciar entre una antropología insular y otra peninsular es fijarnos en cómo experimentan el tiempo y el espacio.

Llegar a Canarias es integrarse en un tiempo natural, dilatado, lejano de ese tiempo matemático y estresante que condiciona la vida de las grandes urbes de cualquier península. Y algo más: es saber que no hay un espacio geométrico que todo lo ordena, sino que nos espera un espacio secreto, lleno de aristas: Una simbiosis de naturaleza y ser humano.

Por eso, la vida de tantas personas se transforma al llegar al archipiélago. De pronto, descubren que hay otra vida esperándoles, que aquello que habían demorado en decidir, ya está siendo respondido en su contacto con Canarias.