Existe un paraje, formado por una sucesión de imponentes acantilados, cuya grandeza –siempre que regresamos al sur oeste de Tenerife–, nos asombra y sobrecoge. El imponente muro de roca basáltica que constituyen los Acantilados de los Gigantes contrasta con la honda sensación de paz que transmiten las límpidas aguas que los bañan.

«Los acantilados de los Gigantes representan un accidente geológico volcánico de tipo basáltico de la costa oeste de la isla de Tenerife (Canarias, España), caracterizado por sus paredes verticales, que caen sobre el océano desde grandes alturas. Están repartidos administrativamente entre los municipios de Buenavista del Norte (en su mayor parte) y Santiago del Teide.

En tiempos de los guanches eran conocidos como la «Muralla del Infierno» o «Muralla del Diablo»,​ y bien podría imaginárselos así, ya que su geografía de lavas oscuras resulta prácticamente infranqueable hacia el interior isleño».

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Como acabamos de ver, uno de los paisajes más sobrecogedores de Tenerife, por su colosal tamaño y su poderosa belleza, está formado por la cadena de acantilados de Los Gigantes: Grandes paredes verticales cuya altura sobre el nivel del mar oscila entre los 300 y los 600 metros y se extienden desde la zona de Los Gigantes, propiamente dicha, hasta la Punta de Teno.

Para los aborígenes guanches, se trataba de paredes sagradas que marcaban el final de lo conocido, el fin del mundo. Sin duda, la cara más hermosa de estos Gigantes se contempla desde una embarcación, frente a ellos, desde las pacíficas aguas que los bañan.

Además, estas aguas atesoran una simpática fauna que ya forma parte del paisaje: nos referimos a las tímidas ballenas piloto y al inquieto delfín mular. En este sentido, es nos complace recordar que la observación de cetáceos en el Archipiélago canario, con un claro espíritu conservacionista, está regulada desde 1995 por el Gobierno de Canarias.