Hay dos reduccionismos respecto a la naturaleza de los que hay que escapar cuando pensamos la relación de la política y el medio ambiente.

El primero consiste, desde un supuesto ecologismo radical, en abanderar un discurso antipolítico y demagógico donde se impugna toda acción que se esté realizando hasta este momento. En esta dirección, ese ecologismo es un purismo que sacraliza la Naturaleza sin comprender la compleja realidad humana. Se postula, con esa ira tan característica, una erradicación del capitalismo, y finalmente, ese activismo cuasi religioso se condena a una marginalidad que no conecta con esa mayoría social tan necesaria siempre para transformar la realidad. Así, cualquier ley que quiera ordenar e introducir racionalidad y eficiencia en la gestión del territorio, se verá sospechosa. Un error generado en el apriorismo ideológico que se asume.

El segundo reduccionismo es la perspectiva economicista, que identifica al neoliberalismo. Aquí el discurso y la acción política minusvalora u obvia cualquier impacto medioambiental en la Naturaleza, por la asunción acrítica de una concepción de la economía que entroniza un mercado libre, frente a toda variable o factor externo al mismo. De ahí la falta de sensibilidad con aquello que es el presupuesto de toda política, más allá de su ámbito específico: La Tierra-Patria, ese último ecosistema que nos envuelve a todos los seres humanos, como diría Edgar Morin.

Éste es es falso dilema que hay que denunciar: ni purismo religioso de un ecologismo radical, ni economicismo de una política neoliberal insensible a cualquier otra cosa que sea ese mercado todopoderoso. Pensar es, entre otras cosas, ir más allá de las falsas opciones, y acercarse a lo posible aunque ninguna política sea perfecta.

Debemos hacer compatible una economía sostenible desde el respeto a esa naturaleza que también somos. Olvidarlo es inmoral, y a la larga… Más caro, y quizás irreversible.