La crónica mediocridad

de la universidad española

El último prestigioso Ranking Shangai que hace una valoración de los mejores campus y universidades el mundo, ha vuelto a retratar la crónica mediocridad de la universidad española: ninguna de ellas está entre las 200 mejores del mundo.

Como siempre, saldrán a continuación toda una serie de rectores, profesores y expertos asociados a ella, justificando esa mediocridad desde varios argumentos. Da igual: la realidad es tozuda y les volverá a responder que esa estrategia es equivocada, confirmando en el siguiente ranking lo que se lleva reflejando desde hace mucho tiempo.

La universidad española tiene muchos defectos históricos que hay que resolver:

El corporativismo.

La mediocridad de unos currículos y prácticas educativas.

La falta de apertura social.

La carencia de sinergia con las empresas que podrían dinamizarla.

Todos estos defectos se han visto reflejados en las diferentes evaluaciones internacionales, repitiéndose en una inercia que se ha vuelto insoportable desde su periodicidad crónica. Pero la existencia de estos problemas, no puede ser la ocasión para una política universitaria tremendista, o simplemente oportunista como se ha desarrollado bajo el gobierno de la derecha del PP.

Hay dos errores que deberíamos evitar:

I

Creer que hay una solución inmediata y mágica que hay que imponer.

II

Creer que no debe cambiarse nuestra universidad: el inmovilismo por respuesta.

Y sin embargo, otra universidad es posible: una universidad de investigación e innovadora; una universidad de sinergia social y empresarial; una universidad que se globaliza, frente a toda tentación localista y corporativa; una universidad, en fin, que adopta una cultura de evaluación continua, eficiente y eficaz, con un profesorado que se elige desde criterios de excelencia, y no desde una endogamia asfixiante que desmoviliza el mejor capital humano.

Nuestras universidades canarias deben asumir todo lo anterior. Nada es imposible, pero es necesario que se haga desde la claridad y no desde el oscurantismo donde todo sigue igual.

Nos estamos jugando el s. XXI,

lo sepamos o no