Por su parte, Marcuse (1972: 93-125) centra su atención en las relaciones entre cultura y civilización a partir de lo que denomina racionalidad técnica. Marcuse relaciona la cultura con la realización y la autonomía del ser humano, mientras que la civilización se correspondería con el terreno del trabajo y la necesidad.

Por tanto, la idea de progreso técnico solamente puede aplicarse a la civilización, puesto que para Marcuse ese progreso estaría directamente relacionado con la consecución del  bienestar común, con lo material, y no con la realización total del hombre.

Así, un progreso técnico propio de la civilización, tal y como la entiende el pensador, requeriría procedimientos muy concretos de pensamiento y actuación puesto que para el método científico lo relevante ahora no es lo cualitativo, sino lo cuantificable.

Este tipo de pensamiento operativo provoca que la distinción entre lo material y lo intelectual, entre civilización y cultura, apenas pueda sostenerse y que esa cultura quede integrada en la civilización es decir, en una idea muy concreta de progreso muy semejante a la de Heidegger, puesto que supone igualmente que el mundo es un objeto de dominación y de control.

Pero Marcuse añade algo más que nos parece muy relevante y que también está en la línea de lo que sostenía Heidegger cuando hablaba de la ilusión del hombre. Esta racionalidad técnica que sitúa por encima a la civilización, que está caracterizada por la efectividad y por lo cuantificable, se va extendiendo progresivamente a todo lo que compone la vida, de forma que será el propio hombre el que la vaya reproduciendo sistemáticamente, asumiéndola como absolutamente normal:

Como si no fuera concebible

otra manera de ser o de estar en el mundo

Las tesis de Habermas (1990) también apuntan en esta dirección, puesto que para el escritor la sociedad moderna pone la racionalidad técnico-instrumental no  en la base de la producción, sino del conjunto de la organización de la sociedad. Para Habermas la Ilustración suponía la fe en el progreso técnico y moral, pero siempre supeditando el primero al segundo, es decir, la racionalidad técnica subordinada a la razón práctica.

Algunas de las consecuencias que se derivarían del pensamiento de Marcuse son tratadas detalladamente por Adorno y Horkheimer (1998); sobre todo, en lo que concierne a la subordinación de la cultura a la civilización, pues es esta relación de inferioridad la que acabará transformando la cultura en industria cultural1.

La tesis que defienden ambos pensadores gira en torno al concepto de reproducción, puesto que entienden por industria cultural la producción y reproducción de la cultura por parte de los medios de comunicación puestos a disposición por el desarrollo técnico. Industria que está directamente vinculada con la tecnología en sociedades en las que:

El poder económico y los medios técnicos

están férreamente relacionados

Es decir, en donde la tecnología se convierte en motor del progreso económico. Evidentemente, así las cosas, todas las manifestaciones de la cultura y también los hombres sufren un proceso de cosificación que hace que puedan ser reproducidas, intercambiadas o sustituidas en función, exclusivamente, de los beneficios económicos que puedan generar.


Para ELLUL, J. (1977), Le système technicien. París: Calmann-Lévy, es imposible una cultura técnica, puesto que la técnica es la negación de la cultura. Opone técnica a símbolo, en tanto en cuanto el símbolo es para el pensador aquello a través de lo cual el hombre comprende y da sentido al mundo. Su mayor expresión es el lenguaje verbal: cosa y palabra establecen un tipo de relación que no es causal. La técnica, para Ellul, no es del orden de lo simbólico, sino de lo causal y operativo.

La progresiva desaparición de la capacidad simbólica del hombre dentro de este mundo técnico supone, a la vez, la pérdida de la extrañeza originaria y la posibilidad de hallarle al mundo un sentido. La “cultura técnica”, para Ellul, no es más que un simulacro o ilusión de cultura. Puede que sea útil al hombre, pero no está a su servicio, no promueve la crítica ni la reflexión, no se pregunta por el sentido de la vida, sino que sirve, tan sólo, al progreso técnico.

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Reside en Tenerife, es profesor de Enseñanza Secundaria y doctor por la Universidad de Granada. Parte de su trabajo crítico está publicado en revistas como Álabe, Tonos, CLIJ o Elvira. Es autor de los poemarios Oposiciones a desencuentro (Dauro, 2007), Neverland (Zumaya, 2010), Novela Negra (Devenir, 2013), Muros (Accésit del XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, Playa de Ákaba, 2014) y ha preparado El Salón Barney. Antología de poesía española contemporánea publicada en la red (Playa de Ákaba, 2014), así como la edición crítica de Tempo militante (Academia de Hispanismos, 2017), de Cayrasco de Figueroa.  Ha colaborado en medios de comunicación domo Melilla Hoy, Canarias Ahora y El Cotidiano y ha sido, junto con los poetas Antonio Revert y Ernesto Suárez, uno de los organizadores del festival Voces del Extremo Tenerife 2017.