HISTORIA NEUTRAL

Hay muchas formas de interpretar la historia de España, y cada una de ellas se ejerce desde unos presupuestos, explícitos o no, que dirigen su visión y comprensión de los hechos analizados. No existe la posibilidad de una historia neutral, pura, que se reivindique de un positivismo aséptico ante la evidencia de los hechos –todo es humano, demasiado humano, como diría Nietzsche, el pensador de Sils-María–. Hay dos líneas de significado respecto al concepto de prejuicio en la tradición filosófica.

POSITIVISMO INGENUO

La primera viene de la Ilustración y considera a los prejuicios como ‘obstáculos’ o ‘límites infranqueables para el desarrollo de la razón humana’: un prejuicio siempre es algo peyorativo. Otra tiene su mejor ejemplo en la tradición hermenéutica, en ella los prejuicios son ‘constitutivos de cualquier saber o perspectiva de conocimiento’. Como nos enseñó el maestro Gadamer, un prejuicio no es algo negativo, es un componente con el que hay que contar y revisar su pertinencia en cada interpretación. Dos tradiciones, dos significados (dos orientaciones de sentido) de prejuicio.

Nuestra tesis es la siguiente: la historiografía y mentalidad centralista sigue la modalidad de un positivismo ingenuo y anacrónico. Esta expresión, positivismo ingenuo, indica esa versión degradada de un positivismo consciente y sofisticado que sabe que la relación entre la teoría y los hechos es compleja, y que en todo caso, no existen «hechos» esperándonos para confirmar –o no– nuestras hipótesis.

Cuando la mentalidad centralista nos explica la existencia de una España inmemorial, desde una esencia que nunca cambia, a través de una unidad irrefutable que los acontecimientos históricos confirmarían, está recayendo en esa visión decimonónica de un nacionalismo esencialista, que proviene de la tradición romántica, y que ya no nos sirve para los retos de un Estado en el s. XXI.

POSIBILIDAD DE INTERPRETAR

Los prejuicios hay que examinarlos en cada ejercicio y caso de interpretación, pero lo que no pueden hacer nunca es cerrar la posibilidad de interpretar aquello que se renueva históricamente: en nuestro caso, la historia de España. La mentalidad centralista lo ignora, o lo obvia; de ahí su error que tiene tantas consecuencias prácticas. Otra España es posible, aunque algunos desde Madrid aún no se hayan enterado.