Procrastinar,

un problema creciente

Es fácilmente reconocible: hoy debías empezar a hacer la dieta pactada con tu médico; en el desayuno ya habías planificado lo que ibas a comer, pero ha ocurrido que te has acordado que quedan aún las últimas magdalenas… ¡qué importa, empezarás en la comida!

Llega el mediodía –estás muy cansado después de una dura jornada laboral–, y te espera una ensalada de atún que debías preparar, pero… has acabado comiendo un menú lleno de grasa pero del que no te has podido resistir al pasar delante del restaurante.

Este caso de procastrinación es uno de los más usuales que ocurren a una mayoría de las personas, y ya nos indica en qué consiste: la procrastinación (del latín procrastinare: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro), postergación o posposición es la acción o hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables –tal como leemos en su definición en Wikipedia–.

Esa acción que deberíamos realizar se asocia al dolor, a un cambio que nos resulta pesado o incómodo. Se puede ser un procrastinador eventual, el que realiza esa acción de forma no habitual, o se puede ser un procrastinador crónico, donde la conducta evasiva es constante y se repite en el tiempo.

En todo caso, ¿por qué este sujeto no realiza aquella acción que debía realizar? Late en su conducta una impulsividad que está asociada a una mala regulación y organización de su tiempo. Se intenta cronificar un estado donde no se deba afrontar una situación que genera ansiedad, estrés, de ahí que se evada realizando una serie de actividades placenteras, o simplemente anodinas, que no tienen relación alguna con la acción que sí debíamos realizar; por cierto, ¿cuántos estudiantes postergan la tarea diaria de estudiar, sumergiéndose en actividades que los distraen de aquello que es su responsabilidad?

Procrastinar,

un problema creciente