Los movimientos sociales e ideológicos son respuestas a los problemas que toda dinámica social va provocando. Problemas que pueden ser de dos tipos, respecto a las estructuras de las que surgen: problemas nuevos (que debemos resolver sin poder apoyarnos en respuestas anteriores), o problemas actualizados (que son variaciones de un problema que ya existía y del que se han ensayado ciertas respuestas). De esta manera, el auge de la conciencia animalista en la sociedad canaria y española es imparable, y para ello es necesario conocer las razones del mismo, concretando esa nueva realidad social de la que se está generando. Por razones de espacio, apuntaremos dos argumentos principales brevemente.

ANIMALES DOMÉSTICOS

El primero se explica por la creciente presencia de animales domésticos en nuestra vida cotidiana. Esa presencia crea simultáneamente un conocimiento y sensibilidad que va estableciendo un nuevo modelo de vínculo entre el ser humano y el mundo animal –nunca hay que olvidar, que ese mundo animal también somos nosotros–. Por ejemplo: el creciente rechazo a la fiesta de los toros debe comprenderse desde esta perspectiva, o sea, en el s. XXI es injustificable el dolor y sufrimiento de un animal en un espectáculo, más allá de las razones culturales (por tradición o costumbre) que se quieran esgrimir. Un dato que avala esta nueva realidad social: casi el 40 % de los hogares (39,7 %) posee al menos una de las 20 millones de mascotas contabilizadas en España, según el censo difundido por la Asociación Madrileña de Veterinarios de Animales de Compañía (AMVAC) con datos actualizados a 2015.

CONCIENCIA ANIMALISTA

El segundo se comprende –es mi hipótesis– desde la ampliación del concepto de dignidad a la realidad animal, entroncando con una idea fundamental del s. XXI: la conciencia ecologista es un nuevo vínculo con la naturaleza, y la conciencia animalista es inherente a la misma. Debemos aprender que la naturaleza no es un objeto que esté solo para dominarla y transformarla según nuestros intereses, la naturaleza es la matriz de la que surgimos y a la que volvemos, y en ella cada forma de vida animal tiene una dignidad intrínseca que hay que respetar. Otra forma de elevar moralmente nuestra humanidad, y de entender esta afirmación evidente: el ser humano es un animal que es parte de la naturaleza, y su responsabilidad está en la misma medida del que somos consciente de ello.

El pensador H. D. Thoreau lo sintetizó mejor que nadie: «Ningún ser humano, pasando la edad irracional de la niñez, querrá conscientemente matar a alguna criatura que mantiene su vida de la misma tierra que él». Lo demás es barbarie, aunque quieran seguir legitimándolo. Ese mundo animal también somos nosotros.