España, una mirada

normalizadora y comparativa

Continuando con lo abordado en el post, El fatalismo español: un país si autoestima”, una de las tareas más inmediatas para la profundización y mejora de la democracia española es el desarrollo de una mirada normalizadora y comparativa, tanto en la esfera política, social como histórica. Ésta es la tentación: seguir repitiendo una excepcionalidad que sólo cronifica un espacio para poder justificar la hispanofobia, o un nacionalismo españolista, romántico, esencialista, que es anacrónico para nuestro presente.

Por lo tanto, cabe preguntarse: ¿qué significa una mirada normalizadora y comparativa? Una mirada normalizadora es desarrollar una mirada comprensiva, con sus luces y sombras, de nuestra situación política, nuestro tejido social, y de nuestra historia como autoconcepto donde reconocerse.

No se puede escribir un espejo deformante donde sólo cabe la exageración, o el desprecio de sí mismo. La hipercrítica es una crítica que ha perdido su razón de ser: saber las posibilidades y los límites de aquello que es su objeto. Nada hay más sospechoso que un sujeto acomplejado, sea individual o sea colectivo. Normalizar es, entre otras cosas, saber que la madurez debe huir de todo grito estridente: escuchar y hablar desde la autoestima nunca llevan esa dirección.

Una mirada comparativa es, llevar a estos ámbitos, algo que es propio de toda investigación fiable: ver las semejanzas y diferencias con los casos (países) que nos rodean, y que sirven de modelos comparativos para desarrollar una mirada europea, y global, de lo que pueda significar el caso español.

Ésa ha sido una de las lacras de gran parte de las élites políticas e intelectuales de España: haber interiorizado una mirada de la Leyenda Negra desarrollada en diferentes fases históricas por países e imperios que tenían interés directo en ello, y que ha llevado a justificar España como una excepción europea y global.

Ni Leyenda Negra, ni españolismo rancio y anacrónico: España es un país latino, europeo, deudor de su propia expansión hispanoamericana, que debe afrontar su propia complejidad sin reduccionismos estériles. Nos jugamos mucho en ello.