Una de las características de las épocas populistas, aquellas donde una coyuntura histórica (la gran Recesión de 2008) sirve para el surgimiento de los críticos de la democracia liberal, es la progresiva destrucción del sentido común. Dicho de otro modo: el pensar y sentir de una mayoría social se va orientando y, en el límite, manipulando para crear un mundo maniqueo donde el Bien y el Mal sean categorías fáciles de utilizar y de aplicar a diferentes temas de la agenda pública.

El populismo de Podemos en nuestro país es un ejemplo claro de lo anterior: la casta que dirige y roba al pueblo, o, en la siguiente invención terminológica, la trama que todo lo dirige y maneja desde la sombra, por supuesto, una trama político-económica a la que ellos ponen nombres y apellidos –una trama de la que están exentos debido a su pureza moral–.

Todas las épocas populistas son épocas de ira donde estos grupos se aprovechan de administrar estos bancos de ira (certera expresión de Peter Sloterdijk) para un objetivo mayor: la democracia representativa y liberal debe ser sustituida por un régimen de democracia popular de la que, en la extrema izquierda o en la extrema derecha, ya tenemos una triste memoria.

El surgimiento de los totalitarismos en el s. XX fue el precedente cruel donde esos bancos de ira cristalizaron, anegando de muerte el siglo pasado. De nada sirve lo anterior frente a las narraciones populistas que quieren volver a crear las condiciones de posibilidad para otra crisis estructural del sistema –el Brexit, el fenómeno Trump, el intento de secesión de Cataluña, o los diferentes partidos populistas europeos, son expresiones de esta época de ira–.

Y, sin embargo, la memoria no dura mucho. El hombre es el animal que tropieza cien veces con la misma piedra. La época democrática en España y Canarias ha sido la más exitosa desde la Constitución de 1812, desde cualquier criterio político, económico, social y cultural que se quiera seleccionar históricamente. Y, sin embargo, seguimos escuchando un apocalipsis diario. Es el tema de nuestro tiempo: vivir políticamente en una época de ira.