Agatha Christie

en Canarias

Agatha Christie es una maestra de la literatura policíaca que no necesita presentación: autora de más de sesenta novelas, y de algunas obras de teatro inolvidables como La ratonera y Testigo de cargo. Tiene el privilegio de ser la escritora más vendida de toda la historia, sólo precedida por Shakeaspeare y la Biblia. Muchos nos iniciamos en la lectura siguiendo las aventuras de Hércules Poirot o de Miss Marple, sin poder dormir hasta acabar de desenredar esas tramas magistrales que la novelista inglesa fue capaz de construir. Algo que ningún escritor debería olvidar: la importancia de la trama en su vínculo con la narración.

Aún me emociono recordando al joven adolescente que se niega a apagar la luz ante la insistencia de la madre, por que le quedan pocas páginas para finalizar Diez negritos. Ahí aprendí que un lector es, sobre todo, una breve hoguera en medio de esta gran oscuridad que llamamos vida. Sigo fiel a ese mandato íntimo.

Nicolás González Lemus ha estudiado y escrito sobre el paso de Agatha Christie en Canarias —leer la segunda edición actualizada en 2015 bajo el título: Agatha Christie en Canarias. 1927: un invierno que cambió su vida—, analizando su estancia en Puerto de la Cruz (Tenerife), después en Las Palmas de Gran Canaria, y la influencia en su obra del viaje a nuestro archipiélago en 1927, deprimida aún por el reciente divorcio con su entonces marido Archibald, o de su pasión silenciosa: los baños de mar.

Su vida, en imitación de una de sus novelas, también estuvo rodeada de misterio: desaparece durante diez días después de enterarse de que su marido se ha enamorado de otra mujer, iniciándose una búsqueda intensa llena de malos presagios; al final, cuando aparece, proseguirá el misterio a su modo: «Sólo diré dos palabras: tuve amnesia». Pero me quedo con una frase suya después de haberse vuelto a casar: «Me casé con un arqueólogo porque, cuanto más vieja fuera, más me apreciaría». Sí, fascinada del pasado como su literatura: Agatha Christie.