Autocrítica

o complicidad

Hace tiempo, escribí lo siguiente como respuesta a un tiempo turbio, esta ciénaga de corrupción y mediocridad que nos envuelve en la época actual. Y la idea era actualizar el mensaje y la figura de Sócrates, desde una interpretación fértil para nuestro presente.

Socratismo significa hoy que ‘toda crítica empieza siendo autocrítica’. Ese paradójico griego llamado Sócrates, ese tábano de Atenas, supo y llevaba a efecto una aventura de transformación individual que nadie puede hacer por nosotros. Toda crítica empieza siendo autocrítica, para ello es necesario sondear en esas creencias, ideas y prácticas que damos por sentado.

O que nos parecen verdaderas por sanción social, por actitud acrítica, y que justifican un orden que, en verdad, es decadente y lleno de podredumbre. Es nuestra época, un espejo donde esta incitación socrática se debe llevar a cabo en cada uno de nosotros:

¿Todo lo que pienso es verdadero?

¿Seguir actuando como siempre es lo conveniente?

¿Esta crisis de fundamentos no me concierne, no la he provocado o amplificado con mi acción o con mi silencio?

¿Esa corrupción que una mayoría denuncia, no la alimentamos consciente o inconscientemente en nuestro pensar y en nuestro actuar?

Son preguntas que dejo abiertas, la tarea empieza en cada uno. Pero comprendamos algo:

No hay un nosotros

sin un yo que pueda mirarse al espejo

Socratismo significa hoy la necesidad de pensar cualquier fundamento, desde su fundamento moral. Cuando pensamos en el ámbito público y privado, nuestra época suele diferenciar ambos campos con estrategias que pierden, muchas veces, esa relación necesaria entre la política y la ética.

No puede ser, esa es mi apuesta y lo que aquí defiendo. No puedo pedir ejemplaridad a ninguna clase política, si en mi campo de acción soy o actúo como lo que denuncio. No puedo pedir una transformación de los supuestos y estructuras existentes, si en mi campo de acción la pasividad o la indiferencia son lo único que puedo ofrecer.

Transformar lo público es, aunque me cueste muchas críticas esta afirmación, transformarnos cada uno de nosotros.

Sócrates lo sabía: su final trágico no era tan imprevisible. Ahora bien, ganó un modelo histórico y moral que me sigue emocionando y que puede ser actualizado, salvando nuestras diferencias de época ineludibles. Es lo que aquí les propongo.

Socratismo significa hoy que nada debe ser aprobado individual y socialmente, si no es a través de un diálogo legitimador. Ese cambio tiene una vía: el diálogo. Desde este rincón, les he escrito que dialogar es un infinitivo interminable. Lo es, y ese poder que nunca acaba lo tenemos en nuestra capacidad lingüística y racional.

Dialogar es democracia, aunque se haya olvidado tantas veces. La reconstrucción pasa por dialogar esos fundamentos entre todos: ciudadanía, asociacionismo de todo tipo, y finalmente en esos partidos políticos que deben cambiar totalmente su estructura para que dialogar tenga sentido. La ciudadanía horizontal que está surgiendo, recela con razón de tantos falsos intermediarios.

No es posible dialogar desde posiciones endogámicas o desde estructuras cerradas, profundamente antidemocráticas. Diálogo legitimador por su origen y por su ejercicio, ese es el matiz de la transformación verdadera.

Hay que crear y abrir nuevos espacios de diálogo horizontales y transversales: ningún partido político debería olvidar esto. Lo demás, serán falsas salidas o perseverar en los privilegios que el poder se cree eterno. No lo hay, el tiempo histórico rompe cualquier hegemonía sacralizadora.

Caer es un verbo repentino,

aunque no lo sepan