Una característica que nos une a la condición humana, es la dificultad para identificar las virtudes y defectos de cada uno de nosotros, individual y colectivamente. De ahí que sea tan frecuente, el elogio hacia aquellos que están lejos de nuestra inmediata cotidianiedad, y nos sea tan difícil el hacerlo hacia los que conviven en nuestra limitada visión de la realidad.

Y, sin embargo, más allá del catastrofismo que algunos siempre quieren inocular en nuestra mirada, una evaluación ecuánime y templada de ciertos aspectos de la sociedad canaria, nos invitan a un mesurado optimismo. Fijémonos en una dimensión principal de cualquier sociedad: su capacidad de acogida e integración del otro –entendiendo éste a todos aquellos que han venido de otros países y culturas–.

En relación al problema de refugiados que ha protagonizado buena parte de las noticias relacionadas con la actualidad relativamente reciente del Mediterráneo, la UE ha utilizado en este tema a España y, concretamente, a Canarias como ejemplo de buenas prácticas. Esta gran noticia que debería haber tenido una gran trascendencia, desde que se produjo –ya hace casi un año– se ha enunciado sin especial relevancia, en el devenir acelerado de la opinión pública. Escuchar buenas noticias sobre nosotros puede parecer raro en esta atmósfera apocalíptica que ciertos sectores quieren instaurar, pero la hipercrítica tiene un corto alcance cuando ampliamos nuestra mirada.

Cualquiera que haya vivido en Canarias en los últimos treinta años, sabiendo la cifra tan elevada de llegada de extranjeros, conoce cómo ha sido un ejemplo de saber integrar al otro (sin negar las tensiones y problemas que siempre ocurren en estos complejos procesos).

Y esto afecta a un intangible que dice mucho de nuestra forma de ser y actuar: es hora de que seamos conscientes de nuestras virtudes, sin caer en la autocomplacencia, pero conscientes de que: Canarias es un ejemplo de tolerancia. Algo que debe enorgullecernos a todos, sin excepción.