El fenómeno

Donald Trump

Parte I

En la esfera pública la multitud de voces, críticas o apologistas, a menudo producen un efecto no deseado: minusvalorar o, en el límite, ningunear u obviar un fenómeno complejo que merece un análisis riguroso y sosegado. Seguramente este efecto es consustancial a la velocidad mediática y política que desarrolla nuestra sociedad hiperconectada.

Parece validarse, pues, esta ley secreta: amplitud y profundidad son inversamente proporcionales a la velocidad red de cualquier objeto a analizar en el presente. Por ello, iniciamos una serie de tres breves artículos que se enfrentarán a Donald Trump, y en general, al trumpismo, como uno de los temas de nuestro tiempo con permiso de Ortega y Gasset.

El trumpismo es una modalidad de populismo estadounidense que surge del fracaso demócrata y republicano como política contemporánea. Dicho directamente:

Donald Trump no es un republicano, aunque pueda tener elementos de su ideario en su oferta electoral, sino un líder populista que se proyecta más allá de la confrontación bipartidista entre la visión demócrata y republicana de EE.UU –de ahí el error colosal de elegir a Hillary Clinton en la actual coyuntura, frente a Bernie Sanders–.

Cuando muchos analistas muestran su desconcierto por los bandazos de su política, están evidenciando el no comprender la flexibilidad ideológica, estratégica y táctica del trumpismo como modalidad estadounidense del populismo.

Y es que esa flexibilidad está en coherencia con ese carácter imprevisible del personaje de Donald Trump; en verdad, la mirada de cierta clase media y de las clases trabajadoras respecto a esta dimensión, es la de aprobación a alguien que no es la burocracia, ni la corrupción que representa Washington a sus ojos.

Si no entendemos estos códigos políticos y comunicativos, sólo estaremos recayendo en la hipercrítica personalista de Donald Trump, tan frecuente en la ideologizada Europa, sin comprender su originalidad y valor para ese electorado que le ha dado la presidencia de los EE.UU.

3 comments

  1. Cierto, la figura de Trump, sin quitarle responsabilidad moral a la persona, evidencia, como un espejo oscuro, la sociedad que le vota. Gana por descrédito de republicanos, quizá por una sociedad que aún no puede aceptar una lideresa, puede también que por arrastrar el marchamo de su marido que no logró convencer con su ´buenismo´… pero percibo que su victoria electoral, que no en praxis -afortunadamente ha tenido que recular en muchas de sus ´iniciativas´, aprende la lección y en otras es medida y desmedidamente turbio, neblinado, poco claro-, es debida al hambre estadounidense por el éxito, el verdadero Becerro de Oro y Talón de Aquiles de toda una sociedad. El modelo de Boy Scout está muerto y enterrado. Triunfa, al menos, electoralmente, el Supermensch cruzado con cowboy al que sus adláteres no tienen sino que respetar antes de comprender, si es que hay algo de trasfondo. Al final, todos los westerns estaban equivocados: no se consigue la victoria teniendo razón y siendo un ejemplo moral: en estos tiempos posmodernistas, al menos allá -aunque el clima es algo que nos termina afectando a todos-, primero se tiene poder y luego se decide qué moral seguir, o no seguir ninguna, vistos los cambios de guión y de tercio al que nos tiene acostumbrados este rubio arquetipo. ¿No les recuerda a la falta de programa y veleidad moral de siniestro creciente lunático-lunar que sonreía ante los andares de pato? ¿A alguien le apetece anadear? Volvamos a leer a Fromm, por favor

    • Tienes razón Hugo, cuando el capitalismo cerrado es» Rey» en la política, primero se tiene el poder y luego se decide qué moral seguir…Al menos , en el caso del señor Trump, sus tiros de cowboy parecen que van por esa senda, poco clara y nebulosa, y puede como bien dices afectar al clima político general.
      Aceptar a una mujer en política es difícil por los patrones sexistas vividos durante décadas, Hillary Clinton podría haber sido una buena opción de sensatez y viabilidad, pero su política estaba por encima de la mentalidad de los votantes estadounidenses.

      • Sí, también percibo yo el sexismo que hace que se pierda el talento femenino en la política estadounidense: fíjate cómo son importantes aún la moralidad tradicional -caso del impeachment de Clinton- y la importancia que tiene para los candidatos el ser de una raza, religión y con un modelo de familia determinados. Aún así hay esperanza en el cambio de modelos -Obama, aunque sus ideas y proyectos no fueron admitidos en toda su ambición por el paradigma imperante, caso, por ejemplo, del modelo sanitario-. Intentaré profundizar en las ideas que propuse en el primer post.

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