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    El fervor de una Cataluña metafísica

    El fervor de una

    Cataluña metafísica

    En 1979, J.F. Lyotard publicaba una obra fundamental (más citada que leída directamente) que se toma como referencia para el inicio de la postmodernidad: La condición postmoderna. Informe sobre el saber (La condition postmoderne: rapport sur le savoir). En ella se desarrollaban aquellas características que definían esta nueva época: «Simplificando al máximo, se tiene por «postmoderna» la incredulidad con respecto a los metarrelatos».

    Un metarrelato (el marxismo; la idea de progreso ilustrada) está basado siempre en una metafísica que le sirve de presupuesto: la postmodernidad (un término que tiene su origen en la arquitectura y la crítica del arte), entre otras cosas, anunciaba el final de cualquier proyecto político o social que, más allá de la democracia representativa, quisiera anularla o superarla desde una utopía que coronase ese gran relato. La postmodernidad hacía examen crítico de la política trágica del s. XX.

    Hace casi cuarenta años de lo anterior, y han ocurrido en el mundo occidental muchos acontecimientos que han direccionado la historia en una línea que el filósofo francés no habría podido atisbar. Hoy quiero tomar como ejemplo el caso actual de la deriva independentista en Cataluña que, queramos o no, es el principal problema de la presente democracia española.

    No me interesa señalar los errores por acción u omisión que los sucesivos gobiernos del PP y del PSOE han desarrollado en su relación con el tema catalán, ni tampoco las razones confesadas o no de la élite política catalana en su violación sistemática de la ley, sino destacar la importancia de la pasión que despierta este gran relato: la creación de un Estado, la República de Cataluña.

    Este fervor metafísico moviliza a un sector importante de la sociedad catalana, pero no es un fervor espontáneo: ha sido desarrollado en la educación, los medios y en todo el entramado civil de una Cataluña gobernada desde un nacionalismo etnicista que, finalmente, ha descubierto su rostro totalitario.

    Ha llegado el momento de la autocrítica: la democracia representativa no es percibida como un gran relato, y en verdad, es el único y más importante que nos queda, democracia y metafísica política son incompatibles. J.F. Lyotard se equivocaba: siempre necesitamos una gran narrativa, y estando viviéndola, no hemos sabido escribirla entre todos. Es hora de empezar.

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