Tardé tanto tiempo… tantos, tantos años, o quizá siempre lo supe, que el lamento de la Expulsión del Paraíso no hablaba de otros. Sino de . Y de ti. Y de tantos. Cercanos.

Que el dolor es siempre compañero y el aprendizaje, opcional. Voluntario. Libre. Que la repetición de historias es obsesión de niños. De los que no saben crecer. Que, como dice el cantautor, las heridas son el precio de vivir. Tras haberlo hecho, tras saber sangrar. Con puntualidad y aprovechamiento de carta de recomendación. Que el nihilismo empacha sólo si tiene vocación de entrante. Que las noches son tan hermosas como los días. Que los dragones existen porque ser siempre héroes ulcera al más pintado. Que, al fin y al cabo, la puerta del Edén tiene más de invitación que de maldición. Que el jardín tiene murallas para que veamos cuán grande es el espacio que queda libre. Que toda vida es una obra. En construcción. Algunas de Arte. Que el mejor público eres tú mismo. Que no te atrevas a cobrarte entradas. Disfrútate.

Tienes el poder de hacer que los dioses te envidien. ¿No te parece suficiente? Nos encontraremos en la sorpresa. Resérvame una oportunidad. La vida no necesita excusas: se justifica y abraza a sí misma. Y ahora, por favor, no olvides más, empero, lo que siempre supiste