Heródoto no lo

llamaría crisis económica

No hay historiografía que se haga fuera del tiempo y del espacio. O dicho de otro modo: toda historiografía es, necesariamente, histórica. Estamos –afirman gran parte de los economistas, esos nuevos teólogos del dinero– saliendo y recuperándonos de forma definitiva de la crisis estructural del capitalismo global que se inició en 2008; estos mismos nos habían avisado sobre esta crisis: no había impactado de igual forma en todos los países, destacando la especial virulencia con que afectaba a España.

La teología, como saben, hoy sólo se estudia en los seminarios, y por todos los ateos militantes que siguen presos de su educación religiosa.

Nuestra sociedad secularizada sabe que Dios es demasiado importante, exista o no, para que sea monopolizado por una élite con poder: el siguiente paso será que nos demos cuenta de que el dinero, más allá de cualquier economicismo, lo es igualmente. Y su fundamento, ésta es la clave, no reside en sí mismo.

El peligro más importante que afrontamos en nuestro presente es el siguiente: la actual crisis fue esencialmente económica, y por lo tanto, una vez recuperados esos índices, podemos dar por finalizada la crisis. Empezamos a leer relatos donde la economía se justifica en sí misma, en un análisis olvidadizo donde lo que está ocurriendo sólo tiene esa naturaleza.

Desde Heródoto, el creador de la Historia en la cultura occidental, sabemos que toda crisis económica es consecuencia de algo previo: una crisis moral que, desde una mayoría social, irradia hacia otros ámbitos.

Es la verdadera lección que podemos aún extraer de lo que está ocurriendo: mientras utilicemos el lenguaje económico para explicar nuestra crisis democrática, atravesada por una corrupción estructural, en una podrida alianza de las élites política y empresarial, no entenderemos nada.

Que los nuevos teólogos no nos hagan debatir sobre el sexo de los ángeles; es preferible volver a Heródoto: fue testigo, directo o a través de otros, de lo que narraba. Así nace la Historia, un género de madurez.