La cultura occidental

y el mundo-red IV

En 1865 la física con las ecuaciones de Maxwell había unificado dos fenómenos aparentemente diferentes –la electricidad, y el magnetismo–, dando nacimiento a la teoría electromagnética. El físico escocés logró explicar que la luz está hecha de campos eléctricos y magnéticos que se propagan por el espacio, lo que predijo la existencia de las ondas de radio, y con ello las radiocomunicaciones que se extenderán exponencialmente por el s. XX.

Pero será un solitario físico alemán, Albert Einstein, el que revolucionará finalmente la historia de la física, llevándola a un nuevo paradigma más allá del newtoniano, con su teoría especial y general de la relatividad: allí, entre otras múltiples consecuencias, establecerá que la masa y la energía son equivalentes, o que la única constante de la naturaleza no es el espacio, ni el tiempo, sino la velocidad de la luz, o más tarde en 1915, como sintetizará magistralmente el físico John Wheeler:

«La materia le dice al espacio-tiempo cómo curvarse,

y el espacio curvo le dice a la materia cómo moverse»

Nuestro s. XX añadirá otra teoría revolucionaria a su nueva imagen del mundo: la física cuántica. Ésta viola totalmente nuestro sentido común, que ya había sido alejado por la teoría de la relatividad einstiniana; de este modo, el principio de incertidumbre de Heisenberg establece que no se puede conocer y medir simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula subatómica, o, desde otra perspectiva, el sujeto altera el objeto inevitablemente, y así entrelazados, estamos condenados a la probabilidad en el conocimiento de la naturaleza.

Nuestro mundo-red es hijo de la física relativista y cuántica, y su metáfora más potente, Internet como red de redes, implica que la incertidumbre es el nuevo hogar donde debemos pensar y actuar. La certeza es un sueño que no nos podemos permitir.

La complejidad sólo habla a través de la probabilidad:

bienvenidos al s. XXI