No olvidemos que los tres ejemplos de clásicos que evocamos al principio tenían desde el comienzo la vocación de atraer a todos los públicos –la estética no realista en general para los tres casos, amable, de sus personajes y paisajes, muchas veces idílicos, y las escenas de acción, de pelea, para atraer a los más pequeños y las referencias a épocas más recientes o a períodos y hechos de Historia Antigua en Tintín y Astérix y Obélix, respectivamente, y los juegos de palabras de esa última serie, Álix también puede ser un ejemplo, o bien ejemplos italianos como Nathan Never o Dylan Dog, con claras influencias de ecos estadounidenses pero con un carácter propio, cuidado de los diálogos y realismo, como ocurrió con el spaghetti western. No olvidemos que, para los más pequeños, también se censuraban gentilmente las invectivas del Capitán Haddock, a la vez que se ofrecían documentadas referencias sobre tecnología para los más mayores en Tintín–.

La imagen como verbo iii

También es reseñable la economía de sombreado, tanto de las figuras sobre el terreno, como la falta de proyección de las mismas sobre éstas: las de ropas, parcas calidades en textiles… en las tres, llegando muchas veces a desaparecer en Tintín, cuyos personajes ni siquiera las proyectan en muchas de las ocasiones; supongo que el acento está –como decíamos–, en el color, para resaltar personajes y marcos, con la esperanza de generar dinamismo, más allá de la simplicidad de la expresión de los mismos personajes:

Rapidez en la ejecución, comunicación con pocas líneas –una de las características más sobresalientes e identitarias de este arte industrial desde Yellow Boy y que podemos encontrar en Mafalda y en Calvin y Hobbes, que favorece su ejecución a la vez que sincretiza la expresión haciendo de cada postura, gesto, emoción, algo más icónico por descarnado en su forma–, aplanamiento y sencillez de las figuras –que Goscinny trata de compensar con la redondez de formas en su propuesta de personajes– lenguaje visual claro y directo para todos los públicos –los adultos no se quejan demasiado y atrae a nuevos y pequeños lectores, como esas películas de Pixar que hay que hacer disfrutables para todas las edades–:

Un apunte para reflexionar sobre la transmisión, intergeneracional y entre iguales, de cultura a través del lenguaje visual.

Nos podríamos detener más en el estilo visual de cada autor, sus razones e ideas de ‘fondo de armario’ que, como el lenguaje no verbal –según los estudiosos de la comunicación, la mayor parte del mensaje lo encontramos aquí– en la comunicación dialogada, expresan sutilmente o no tanto: Hergé –cuyo estilo visual no encuentro bien representado por Spielberg con su empleo de sombras y colores pastel ¡en tres dimensiones y sombras!– y la tan debatida manera de representar otras etnias –la exagerada uniformidad de los africanos, más allá de otros detalles, parece aludir a esa población de individuos tan indistinguibles como intercambiables que relata Ende en su obra más conocida–.

Asimismo, podemos detenernos en la forma de representar el resto de naciones que desarrolla Goscinny: los godos como prusianos con sus cascos, los britanos consumiendo infusiones en ese tiempo, los hispanos con más pinta de mejicanos modernos, el aire de malnutridos de los romanos, especialmente de los legionarios, la exageración de los rasgos en personajes históricos como César, amén de introducir anacronismos en forma de personajes modernos, lo que contrasta, a favor de la comicidad frente a una tónica general de buena documentación histórica; también su simpatía o no por los personajes:

Goscinny afirmaba en alguna entrevista que, cuanto más cercano se sentía a un personaje, más grande le dibujaba la nariz –es decir, más alejado de cánones clásicos privilegiados por producciones anglosajones… más cercanos e imperfectos estéticamente, cual parece ser el sello de producciones visuales europeas, también en el cine.

¿Parece desprenderse de estos casos cierto chauvinismo relacionado con la historia colonial francesa y belga?

Otra invitación para la reflexión.

Por último Los Pitufos, que con su estética desenfadada y sin mucho celo por conectar con la realidad, con ese aire idealizado –más allá de que, claro, han de dar una imagen amable para capturar la atención de los pequeños y no tan pequeños– de comunidad perfecta, con sólo un dirigente –no se hacen muchas o ninguna alusión a la familia en el plano textual, parecen casi todos de la misma edad, y ni siquiera tienen nombres propios, sólo motes como todo apelativo –depende de su temperamento –genética– o personalidad –dependiente del desarrollo–… lo que parece claro es que nos recuerda los nombres de indígenas americanos en tal atribución–.

La imagen como verbo iii

¿Lo de ‘Papá’ es real o simbólico?

¿Tiene que ver su felicidad y tranquilidad con la baja población femenina (y con sus personajes visualmente casi indistinguibles)?

Por no entrar a valorar su indumentaria, estética original por otra parte. Parecen ser una socarrona, eso sí, alusión a los comunistas / anarquistas de Bakunin y sus aldeas de barro o a las comunidades paleocristianas.

La misma serie parece reflejar, tanto textual como visualmente –a través de su alegre colorido y la bonhomía inherente en las expresiones de los personajes principales–, con esta comunidad, la sociedad ideal imaginada por Peyo. Tanto que, para generar una mínima trama, ha de acudir, con aparente encono y deliberación, a enemigos / males externos o a la misma magia.

CÓMICS ESTADOUNIDENSES

Los cómics estadounidenses representan muy bien la conciencia de icono visual evocador. Como si se tratara de estandartes. Desde sus propios protagonistas, especialmente en los primeros momentos de su producción, poniendo de relieve la visión individualista de la oferta cultural anglosajona.

Si establecemos tres períodos, jalonados por la II Guerra Mundial  y por la década de los ´70-´80, podemos apreciar en personajes como Supermán y Capitán América –aquí la ligazón entre texto e imagen se erige en incontestable– cómo empiezan ya vistiendo banderas –genial el –whatif– dedicado al Supermán que ha crecido en la Rusia Soviética: «Hijo Rojo»–, iconos puros e incontestables de superhéroes que encarnan una ideología occidental en su representación de mitos salvadores: los colores de la bandera estadounidense pero también de la francesa e inglesa, blancos, hombres, encarnando aquello tan de orientación calvinista de yo, yo mismo y por mí, la Kultur de desarrollo individualista, teñida peligrosamente en su ausencia de cuestionamiento por la Civilisation Française del XVIII-XIX, ampliamente dicotómicos, sin cuestionarse para qué país luchan… solos.

Superman nunca se cuestiona en qué sociedad vivir o defender, a pesar de tener su refugio, sus recuerdos en el desierto polar; encarna una imagen de humano sobreactuada en su debilidad –narrativamente para que la diferencia con la imagen de superhéroe sea más acusada, pero esconde un trasfondo de crítica hacia la humanidad, como queriendo decir: si fuerais más maduros, yo podría tener una vida más convencional, tranquila y feliz como las de mis padres adoptivos granjeros: un Hércules deificado que no parece poder entrar en el Olimpo de puro vacío: un trasunto llevado al extremo por el Dr. Manhattan, un adecuado y más simbólico émulo, una de las tantas reflexiones que ofrece Watchmen, desde un autor, inglés, indie, como es Alan Moore–, se puede ver su condición como la eterna condena del extranjero perpetuo –ecos de Camus–, y, pese a ello, o quizá por esta misma razón, lucha con denuedo para defender esa sociedad y llegar a ser un estadounidense de pleno derecho –aquí hay una clara lectura de todos los emigrantes que forman la población de los actuales U.S.A., cuya mayoría también escapa de una situación previa llena de dificultades, quizá unidos por la mixtura de sus orígenes, una idea felizmente postmodernista–.

El Capitán –que tiene muchas más interpretaciones que Teniente o Cabo, por ejemplo, porque es la representación de quien lidera, ya sea en Infantería, ya sea en Marina, ya en un equipo deportivo, ya en el Club de los Poetas Muertos…– América –dicho esto, presentado ya gran parte del discurso– viste una bandera, ojo, con pocas estrellas, quizá aludiendo más al estadounidesismo tejano –se nos diluye la representación de la bandera estadounidense de la multitud unida a favor de la imagen de salvador encarnada en pocos, en este caso en uno solo; sin dejar de recordar que la estrella blanca también es símbolo de revolución en general, de independentismo y de Comunismo en particular-, con las barras cambiadas de dirección, a veces con una especie de mallas medievales y con las alas del petasso de Hermes, o quizás del héroe que no necesita a Pegaso… y… ¿sin armas?

Más allá de interpretaciones más profundas –los creadores del personaje no eran iconólogos–, podemos aventurar que, en este caso, ha habido un intento por mezclar dicha enseña con elementos de varios mitos y personajes.

El hecho curioso es que el Capitán América, por la misma razón de vestir ese estandarte, y a pesar de que se nos presente como un individuo sano, sencillo y de valor incuestionable, no puede ser nunca ni inocuo, ni ingenuo, ni inocente –como no puede serlo nadie que se decida por vestir una bandera, por el patriotismo invasor, no defensivo–; no puede seguir ese discurso defensivo del que hablamos porque su defensa sigue el dictado de que la mejor es el ataque, aunque emplee un escudo. Porque precisamente lo usa para atacar.

Más allá de sus fronteras

–¡la invención del escudo invasivo!–

El mensaje se me antoja claro, y parece resumir la política de defensa estadounidense de las últimas décadas, pruebas falsas incluidas con la insistencia de escudo de misiles para redondear el artefacto cultural: golpeo para defenderme, invado para que no lo hagas tú. Ecos romanos. Ecos del león de Maquiavelo. Y de la zorra cuando la lucha es indirecta.

Lástima que el modelo valga para Italia en épocas concretas y no para una re-creación de Eterno Retorno a través del ataque-defensa continuo y la profecía autocumplidora que no deja de actualizarse: en este sistema nunca faltarán enemigos precisamente porque el modelo es paranoico, y, a la vez, da sobradas razones al resto para serlo, más allá del equilibrio que ofrece repartir la hegemonía, debate que también ofrece el florentino. A lo que primero aprenden a temer los revolucionarios es a la misma revolución. Franceses, Ex-ingleses y rusosReflejos de estalinismo.

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Psicólogo, Antropólogo y estudiante de Geografía e Historia Soy un apasionado de todo lo que tiene que ver con las personas, con la sociedad, como decía Publio Terencio Africano: "Hombre soy nada humano me es ajeno" Me he formado en disciplinas de la Salud y de las Ciencias Sociales, Letras, Idiomas, en España y en Italia Intento aportar valor a diversas propuestas de proyectos laborales, formativos, culturales, sociales en general y de colaboración profesional. Me apasionan todas estas esferas: Psicología -especialmente en Clínica y Educativa-, Antropología e Idiomas –trabajo en Español, Inglés, Italiano, Francés-, Docencia, Historia, Arqueología y el resto de Ciencias ligadas al campo Humanista, Gestión y Administración, Proyectos Culturales, Académicos, como escritor y conferenciante.