La invasión

de los amargados

Me gustaría describir una invasión que se ha vuelto insoportable: no es una invasión de zombis, es la invasión de los amargados. Tengan cuidado, miren en todas las direcciones, y prepárense: probablemente un amargado ya está conversando con ustedes. Son fácilmente reconocibles: vienen de vuelta de todo, de este modo, da igual lo que se le diga, porque él ya lo sabía o intuía; sondearán cualquier posible alegría que tengas, para confirmarte que es pasajera y engañosa; y, finalmente, te advertirán de algo que nunca habías podido sospechar: sí, lo peor está por venir.

La invasión de los amargados se propaga por todos los frentes: al llegar al trabajo, te estarán esperando para ver si se trasluce algún gesto positivo que haya que erradicar; cuando te escapas a tomar un café, suelen estar posicionados en varios espacios estratégicos, para poder atraparte sin salida alguna; y, cuando creías que estabas a salvo, aparecen mediáticamente en tu casa, por si te creías que te podías escapar.

Es inútil, la invasión de los amargados está aquí,

y se ha instalado para quedarse por mucho tiempo

Hay, sin embargo, un miedo que nos corroe a todos, y que es difícilmente comunicable: ¿estaremos infectados y no nos hemos dado cuenta? ¿Es un virus tan potente que nos condena a todos a una muerte lenta y agónica de amargura? ¿Quizás no sea un virus, y sea simplemente la normalidad de la condición humana?

Puede ser, pero no quiero ser yo quien les evalué de este mal, porque me he propuesto una terapia que la invasión de los amargados teme:

Sonreír a pesar de todo,

y a pesar de ellos

Un amargado genial que se llamaba Friedrich Nietzsche lo dijo mejor que nadie: «El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa». Amigos, pasen un buen día.