A menudo, la política funciona como una metáfora de la vida: en el momento más inesperado, cuando todo tenía un cierto equilibrio, y parecía que el presente y el futuro más inmediato estaba despejado, ocurre la catástrofe, y nuestra vida explosiona como si fuera una incendio imposible ya de apagar. Quizás no sea sólo así, sino que la propia evolución, en el tiempo geológico que le es propio, camine de esta forma: la continuidad es salpicada de grandes interrupciones (en este caso, extinciones), produciendo un nuevo escenario ecológico que se vuelve estable hasta la siguiente sacudida.

La política española ha seguido esa secuencia: después de meses de negociación, un martes salen adelante los presupuestos de 2018, y así podíamos ver cómo Mariano Rajoy salía sonriente del Congreso de los Diputados, alzando el pulgar en una señal triunfal (raro en él), seguramente en el convencimiento de tener ya asegurada esta legislatura –si no se lograban sacar los presupuestos de 2019, se podrían prorrogar los de este año–, en verdad, el éxito parecía estar asegurado.

Y, sin embargo, todo cambiará de repente: dos días después, se hacía pública la sentencia del caso Gurtel, una sentencia demoledora donde se exponía la trama de un partido enfangado en la corrupción, y donde se explicitaba la falta de credibilidad como testigo del presidente del gobierno español para el tribunal competente.

Rápido de reflejos políticos, Pedro Sánchez, un político en horas bajas según la estimación de voto de su partido, el PSOE, y dado por muerto varias veces, se la jugaba: al día siguiente, presentaba una moción de censura incierta, pero con la legitimación moral y política que daba la sentencia del caso Gurtel.

Cuando parecía que todo estaba bien atado, se producen varias jugadas simultáneas: Quim Torra, el presidente de la Generalitat, cambia de estrategia, y sustituye los nombramientos de los consejeros encarcelados y huidos (ellos dicen en el exilio); y todos los partidos independentistas, más el oportunismo de un Podemos que puede disfrazar su propia crisis interna (el famoso chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero), apoyan esta moción desde el agotamiento el tancredismo de Rajoy; todo quedaba en mano del PNV, que acababa de aprobar los presupuestos de 2018: ya sabemos cómo termina esta historia.

Sí, tengan cuidado con su aparente normalidad: la política siempre llama dos veces.