Vivimos tiempos de laberinto. De Minotauros, Ícaros y Dédalos. De Némesis y Belerofontes. De quienes se pierden en las ruinas que han creado en sí en sus oscuros días. La Hybris, en este caso, no es tanto la arrogancia pura de otros tiempos. Sino, y ésta es una palabra grave, hermanable a la inglesa en la general intergeneracional… la capacidad, el derecho a esfingear el cognoscere al sapere.

Quizá ya no escuchamos a nuestros mayores: el conocimiento sin ejemplo, sin natural moral, se nos hace refractario sin reflejos. El Minotauro es el Secreto, sí, la fuerza de lo primigenio, ayuno de signo, que brota con más fuerza de entre los adoquines ya que la vida es y se sabe, más fuerte que lo quieto, más aún cuando a su sombra invita.

Vivimos un espacio de antirrevoluciones: los filósofos de la sospecha andan mudos, por tres veces Desalado Hermes. Que la Palabra no pasa ni resuena, aun en siéndose sintiéndose cierta.

La tragedia de los héroes no despierta en que los haya listos e idiotas en su inapolínea apolicidad… en que se hallan indisolublemente unidos sí, empero. ¿Quién puede más, el que habla o el que escucha? ¿Una generación nueva o la anterior? Tal vez, la que en movimiento se sueña en boreal vuelo: Ícaro entrega sus sentidos al viento… deja de escuchar a Dédalo por haber servido a un tirano, cuyos secretos se alimentan de ajena arenga, del plasma de otros vástagos… su voz se pierde por arriesgar daños para su propio hijo en aras de mayusculizar su nombre… la libertad, por propia, cercana y salvaje, libre de instrucción moral, convierte en ensordecedoramente silenciosos, por lejanos, los consejos, los reproches, de alguien inefablemente reprobable.

De Malraux, la maldición, la derrota. ¿Quién pues, es, el dueño de la Hybris, del furor de las Furias? Sin continuidad alguna que haga tocar a la par al reclamo y su timbal la Historia no es más suya, ya…