MITOLOGÍA

Personalmente, si tuviera que elegir una tríada de autores que hayan analizado el fenómeno mitológico y religioso, sería la siguiente: M. Eliade, C. Jung y el gran J. Campbell. Autores donde la escritura nos transparenta el fluir religioso y mitológico, tan lejos aparentemente de nuestras sociedades europeas secularizadas.

Dialogaremos con sus ideas y mitología comparada, siguiendo tres afirmaciones de J. Campbell. Leer detenidamente, El héroe de las mil caras, su libro de entrevistas con Bill Moyers: El poder del mito, o sumergirse en su magna, Las máscaras de Dios, es un ejercicio necesario para el que siga pensando que la metodología comparativa tiene sentido cultural y, sobre todo, personal.

Leer mitos de diferentes culturas y tradiciones nos sirve para reconocer situaciones y hechos vitales que todo ser humano recorre. Dicho de otro modo: una de las aportaciones de J. Campbell es comprender que toda mitología y religión, en último término, es un reconocimiento personal e intransferible, personal y, a la vez, universal.

El ser humano es un ser mitológico, lo sepa o no. Las mismas etapas individuales y sociales que todo ser humano va construyendo en su biografía: la mitología comparada como educación del yo y del grupo. Mitología y vida, dos palabras inseparables. Un detalle: cada vez que la palabra espiritualidad, otra de las palabras gastadas y malinterpretadas de nuestra época, es enunciada por nuestro autor, vuelve a tomar una dignidad perdida. 

Una historia que es una metáfora siempre de aquello que nos constituye y somos. Una precisión: quien lea a J. Campbell aprenderá lo importante de diferenciar lo comparativo y lo metafórico en cualquier texto principal. Una lección educativa: leer y sus modalidades significativas, algo que lamentablemente se está perdiendo. Una lectura comprensiva es la que sabe establecer planos diferentes. Por ello es tan importante sintetizar diferentes lecturas en el s. XXI: Gutenberg debe ir de la mano con la Red. Esa historia común es el universal lingüístico y vital donde todos podemos reconocernos.

La globalización es muy vieja y antigua para el sabio J. Campbell. Ser globales no es solo saber utilizar la Red, es comprender lo que tenemos en común y nuestra interdependencia necesaria.

Frente al aislamiento localista o egoísta, la mitología comparada es una educación de lo que nos une. La sabiduría siempre llega después, es lo que llamamos vida o experiencia propia. Pero esta no podrá aparecer, si no descansa en esa matriz mitológica y religiosa que nos funda culturalmente.

EMOCIONES

Desde la cultura que nos inunda –envuelta en el mundo del mito–, nos desplazamos ahora hacia el ámbito de la introspección, hacia nuestro interior: proseguimos nuestro periplo hasta recalar en el puerto de las emociones. Todo presente desarrolla sus modas y sus patologías propias. Una moda intelectual que amenaza con anegar cualquier debate es la moda neuro.

Reconociendo el avance de las neurociencias en el conocimiento en directo del funcionamiento de nuestro cerebro, en gran parte, por el avance tecnológico que nos permite su visualización en tiempo real, el prefijo neuro–se aplica a las más variadas disciplinas (neuromoral, neuroeconomía…) con esa intención de dotarlas de un vago prestigio, más allá de la existencia de una evidencia rigurosa para muchas de sus tesis fuertes.

Si a esto le sumamos el enfoque que se ha abierto sobre las emociones en diferentes corrientes psicológicas desde hace décadas –H. Gardner y la teoría de las inteligencias múltiples; la inteligencia emocional, con autores como D. Goleman, o Salovey / Mayer–, comprenderemos esa atmósfera intelectual donde descansa esta patología: el emocionalismo.

Éste se puede definir como la ‘legitimación de cualquier emoción, absolutizándola, por el mero hecho de serlo’. De este modo, lo importante es ‘sentir’ porque el estar emocionado es un estado positivo por sí mismo: hay que sentir, y si algo o alguien no te hace sentir, es sospechoso, deséchalo ya. Lo diremos claramente: una falacia y, en su afirmación acrítica, una estupidez. Dos argumentos que desmontan esta patología contemporánea:

Existen emociones positivas y negativas, que dependen siempre para su evaluación (una buena o mala emoción) de una situación y contexto determinado. Un ejemplo, se suele decir que el miedo es una emoción negativa, y lo es en una gran cantidad de casos (fobias, complejos…), pero es el miedo como alerta ante el peligro el que nos permite sobrevivir, como saben todos nuestros antepasados en la evolución humana, o sea, el miedo también puede ser una emoción positiva en ciertas situaciones, ¿por qué? Porque nos ha permitido sobrevivir.

mitologia y emociones

El segundo argumento es que el emocionalismo olvida que toda emoción está entrelazada con nuestra racionalidad; de ahí que absolutizarla nos hace más limitados, débiles y dependientes. Dicho con claridad, no se trata de sentir por sentir, sino comprender que el ser humano es una razón emocionada, o si quieren, una trama emocional capaz de razonar y decidir desde sí mismo.

Positivizar cualquier estado emocional es una forma de justificar la tiranía de cualquier intensidad, más allá de su situación y contexto: una buena emoción no significa «emocionalismo».