Capítulo XXI

Muletillas y tics verbales

Uno de los objetivos a perseguir para alcanzar una buena locución —tanto pública como audiovisual— es que la proyección verbal sea limpia, equilibrada, exenta de matices que transmitan duda o desconocimiento y que, a lo peor, ensucien el mensaje con ruidos extraños de vocales estiradas de manera malsonante, inapropiadas y acopladas a espacios colocados entre palabras y frases que deberían estar reservados a las pausas y a los silencios que, con el mismo derecho que los sonidos, deben existir dentro del propio mensaje hablado.

Definamos formalmente, según el Diccionario de la RAE, el término “muletilla”: Voz o frase que se repite mucho por hábito.

Dicho de otra manera, expresiones insertadas entre dos palabras, o al principio de una frase, tales como “eeeehhhh…”, “buenoooo…”, “aaaahhhh…”, “mmmm…”, “estoooo…”, “loooo…”, “laaaa…” y algunas otras combinaciones sonoras imposibles de plasmar con una grafía inteligible.

Claro, después de algunos minutos escuchando a alguien llenar su exposición verbal con estos elementos sonoros, es lógico que el receptor perciba sensaciones negativas nada atractivas que, lamentablemente para el emisor, le desconectan de la atención hacia aquel.

Si nos paramos a observar cualquier programa de radio o televisión con testimonios públicos, diálogos, tertulias y debates, incluso concursos y espacios de ocio, comprobaremos que el uso de voces, palabras y repetitivos giros verbales de ciertos sonidos es más frecuente de lo deseado.

Y, curiosamente, en este particular terreno de la comunicación no hay distingos profesionales. Desde reputados profesores y expertos de cualquier materia hasta comunicadores de singular prestigio, pasando por ilustres empresarios, políticos y autoridades en general, acuden a este negativo e indeseable recurso verbal.

¿Por qué? La respuesta es elemental: falta de vocabulario, desconocimiento profundo del tema del que se habla, desinterés por esmerarse en la comparecencia pública o en la intervención en los medios de comunicación y, en demasiados casos, por una clara intención de ocultar la verdad de sus manifestaciones.

Lo malo para quien abusa de las muletillas y de los tics verbales es que quien le escucha se da cuenta de ello. En ocasiones —si su uso es desproporcionado— el receptor del mensaje lo detecta conscientemente y pierde todo el interés en seguir sus declaraciones o exposición y, en otros casos, aunque lo perciba de manera inconsciente y de forma automática, queda suspendido todo el proceso comunicativo.

¿MEDIOCRIDAD COMUNICATIVA?

Es probable que en este momento, usted, esté preguntándose cómo evitar caer en este terreno de la mediocridad comunicativa. Si usted quiere, si usted se lo propone con firmeza y convencido de que sus receptores merecen su esmero y preocupación para llegar a transmitirles sus ideas y conceptos con elementos comprensibles, intuitivos, con sonidos transparentes y limpios, con matices de credibilidad y naturalidad, entonces deberá empezar a trabajar la eliminación de esas torpes muletillas.

Una buena manera de empezar a esmerarse para corregir estos desequilibrios es la de comenzar a grabarse sus propias exposiciones a modo de entrenamiento previo; practicar sus probables respuestas ante cualquier entrevista; ensayar su ponencia o discurso; simular una de sus habituales presentaciones y, en general, acometer el tipo de comparecencia pública a la que habitualmente usted se ve sometido. Posteriormente, reproduzca la grabación y vaya tomando nota de las ocasiones en las que recurre a estos elementos distorsionadores.

Vuelva a repetir su intervención para comprobar que, concentrándose en no emitir las muletillas y consciente de su innecesario uso, en cada nueva práctica el número de veces que las incluye va disminuyendo. Este es el camino para neutralizarlas y hacerlas desaparecer; constancia, esmero, práctica y capacidad de autocorrección.

Entre palabras, tras los signos de puntuación, para provocar enfatización a un término, en las pausas, al marcar una conclusión, en todos estos casos solo debe haber silencio. La ausencia de sonido, como ya he dicho en anteriores ocasiones, es también un positivo elemento fundamental en la comunicación verbal y en la locución audiovisual profesional. Es una pieza bellísima. Reconozco que su uso equilibrado me encanta.

Si pretende mejorar su proyección pública… ¡mime el silencio, esmérese en cultivarlo, acarícielo con la ausencia de su propia voz!

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Posgraduado Universitario Máster Oficial Comunicación Digital, Graduado en Periodismo y Titulado Universitario en Teoría de la Comunicación, en Información Audiovisual y en Comunicación Corporativa. Profesionalmente como periodista, desde sus comienzos hasta hoy, ha permanecido vinculado a lo largo de treinta años a diferentes emisoras de radio, públicas y privadas. Además, realiza colaboraciones como articulista, comentarista y tertuliano de radio y televisión. En el ámbito de la docencia, es formador en oratoria y locución audiovisual en radio y televisión de periodistas, locutores, actores, profesionales de medios de comunicación y de producción audiovisual, profesores de universidad, políticos electos y candidatos, altos ejecutivos, portavoces, profesionales liberales, gabinetes de prensa,  ponentes, universitarios, empresarios...