Capítulo XXII

Lo que no debemos decir públicamente

Estoy completamente seguro de que, usted, ha asistido a alguna ponencia, discurso, presentación, conferencia o comparecencia pública en general en la que, de entrada, el orador pronuncia —sin rubor alguno— frases similares a estas: 

«La verdad es que estoy un poco nervioso…»

«Yo no quería, pero mis compañeros se han empeñado en que salga yo…»

«Perdonen, pero realmente hablar en público no es lo mío…»

«Espero que los nervios no me traicionen…»

Quizá, si la intervención va complementada con una presentación en Power Point, uno de estos singulares oradores acompañaría las diapositivas con estas otras expresiones:

«Bueno, aunque aquí la verdad es que no se ve muy bien, lo que pone es…»

«Miren, como voy mal de tiempo, me salto este tema para ir más rápido…»

«A ver si aprendo a manejar bien el mando…» 

Y, al final de su intervención, para rematarlo del todo, suelen decir: 

«Bueno, voy a ir terminando que no quiero aburrirles…»

«Bien, iré acabando para no cansarles demasiado…»

Además, repetirá varias veces:

«Voy a ir terminando…»

«Ahora ya sí que acabo…»

«Y finalizo, de verdad, con…»

NULA ACTITUD PROFESIONAL

¿A que llevo razón y en más de una ocasión usted ha tenido que sufrir la incompetencia comunicativa de semejantes personajes?

Estas expresiones que le acabo de enumerar —y algunas similares más— nunca se deben pronunciar en público. Confirmar explícitamente ante nuestro auditorio, o frente a medios de comunicación, que estamos limitados y que tenemos deficiencias respecto al dominio de la oratoria pública, justamente en un acto que requiere y exige todo lo contrario, demuestra nada más que falta de técnica, del conocimiento de las habilidades mínimas para comparecer en público y, además, de nula actitud profesional.

Transmitir a nuestro receptor alguna carencia o limitación no está mal, es más, conviene proyectarle que somos humanos, como él, y que poseemos imperfecciones o desequilibrios propios de cualquier persona.

Pero nunca esas autodescalificaciones pueden estar vinculadas directamente a la propia esencia de la comunicación pública ni, tampoco, a nuestra actividad profesional por la cual comparecemos frente a nuestros interlocutores.

Por ejemplo, un periodista (es mi caso) puede afirmar tranquilamente que cuando viaja en avión aún sigue teniendo un cierto temor a volar; esta limitación que es común a muchos de nosotros no merma —en absoluto— la capacidad de un profesional de la comunicación, o de un locutor, o de un profesor, y se identifica, seguro, con más de uno de los asistentes a un acto público.

Un arquitecto puede decir con total tranquilidad, en una de sus ponencias, que por más que lo intenta sigue sin tener paciencia para la pesca con caña desde la costa, algo ciertamente muy común a muchos de nosotros y que, para el desempeño de diseñar y construir edificios, no es preciso corregir.

No quiero ni imaginarme cómo reaccionaríamos si cuando estamos dentro de un avión, momentos antes de despegar, escucháramos por megafonía la voz del piloto diciendo algo parecido a esto:

«Buenas tardes, les habla, el comandante; bueno, la verdad es que hoy es mi primer vuelo como máximo responsable de este avión que voy a manejar también por primera vez; la verdad es que nunca me han gustado las alturas, pero mi padre se empeñó en que hiciera esta carrera y al final he acabado de piloto de aviación civil…»

¿Cómo reaccionaría usted?, pues de la misma forma que haríamos los demás, bajándose inmediatamente del avión.

A lo largo de nuestra vida, seguro que en alguna ocasión nos ha recibido un médico que justo, ese día que él nos atendía, empezaba su actividad profesional, o hemos coincidido con un piloto como el del ejemplo anterior.

Serían innumerables los casos en los que diversos profesionales han iniciado su actividad con temor, inseguridad y falta de experiencia, pero jamás nos lo han dicho ni nosotros nos hemos enterado, porque esas muestras de limitación vinculadas a la propia actividad que se está realizando públicamente no solo no potencian nuestra calidad como comunicadores, sino que producen el efecto contrario y nos desconectan del presunto orador.

Debe recordar que ante una comparecencia pública, o frente a medios de comunicación, es natural y muy normal tener una cierta presión inicial, incluso nervios, estar tensionado y preocupado por el resultado de nuestra intervención, pero debe tener en cuenta que la mejor manera de neutralizar todos esos efectos, aparentemente negativos, es con:

Profesionalidad, responsabilidad, entrenamiento y práctica y, además, evitando transmitirlos a sus receptores porque lo que ellos esperan de usted es, precisamente, lo contrario.

Necesitan ver y comprobar su dominio, su positividad, su singularidad y su capacidad de proyectar sensaciones y emociones que hagan de su presentación o comparecencia un auténtico acto comunicativo vivo y diferente.

La comunicación pública se disfruta, no se sufre

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Posgraduado Universitario Máster Oficial Comunicación Digital, Graduado en Periodismo y Titulado Universitario en Teoría de la Comunicación, en Información Audiovisual y en Comunicación Corporativa. Profesionalmente como periodista, desde sus comienzos hasta hoy, ha permanecido vinculado a lo largo de treinta años a diferentes emisoras de radio, públicas y privadas. Además, realiza colaboraciones como articulista, comentarista y tertuliano de radio y televisión. En el ámbito de la docencia, es formador en oratoria y locución audiovisual en radio y televisión de periodistas, locutores, actores, profesionales de medios de comunicación y de producción audiovisual, profesores de universidad, políticos electos y candidatos, altos ejecutivos, portavoces, profesionales liberales, gabinetes de prensa,  ponentes, universitarios, empresarios...