Y es aquí donde Lyotard (1989) da en la tecla al sostener que en las sociedades postindustriales el saber cambia de estatuto. Una cultura que se produce y reproduce para generar beneficios, como sostenían Adorno y Horkheimer, sólo es posible en formaciones sociales en las que el propio saber es producido para ser inmediatamente vendido, con las implicaciones que esto conlleva, puesto que de lo que verdaderamente se está hablando es de que el conocimiento se convierte a partir de aquí en motor de la economía.

Evidentemente, en esta transformación la relación que las tecnologías establecen con el sistema socio-económico juega un papel fundamental, y sólo así es posible hablar unos años después de «sociedad de la información y el conocimiento».

MODERNIDAD LÍQUIDA

Lyotard apunta algo más. Si el saber se produce para ser vendido, su consumo no puede ser sino efímero, propio de sociedades capitalistas en donde todo está sujeto al imperativo de lo nuevo. Un conocimiento, por tanto, que no se aprehende, que se tiene durante un tiempo concreto y que, automáticamente, debe ser actualizado.

Actualización que enlaza directamente con las tesis de Zygmunt Bauman (2003: 158) cuando describió a la modernidad líquida como una cultura en la que no se fomenta el aprendizaje en el sentido de la ‘adquisición de conocimientos acumulativos que forman el bagaje de la persona y la capacitan para establecer y crear un proyecto de vida’.

La cultura que fomenta esta modernidad líquida es la del distanciamiento, la discontinuidad y el olvido, desde el momento en que la memoria deja de ser herramienta imprescindible para los aprendizajes. La memoria parece haber sido sustituida por la base de datos, por lo digital, olvidándose que un ordenador almacena y no memoriza, como sostiene Osten, M. (2004: 79), y almacenar datos, según Weinrich, H. (1999: 15), siempre es olvidar.

Quizá sea Nicholas Carr (2010) uno de los autores que mejor ha sabido ver el impacto que produce Internet en la mente de los usuarios. Su estudio arranca con las palabras que dijera McLuhan a propósito de los medios de comunicación, esto es, aquello que ni los entusiastas ni los escépticos de las TIC son capaces de ver es que, conforme avanza el tiempo, el contenido del medio es mucho menos importante que el medio en sí mismo a la hora de influir en los actos y los pensamientos de los seres humanos.

Para McLuhan (2009: 9) «los efectos de la tecnología no se dan en el nivel de las opiniones o los conceptos», sino que alteran «los patrones de percepción continuamente y sin resistencia». Vargas Llosa (2011) hace hincapié en esta misma idea en un artículo aparecido en prensa a raíz de la publicación del estudio de Carr.

TRANSFORMACIONES DE LA CONCIENCIA

Dice el Premio Nobel que Internet no es solo una herramienta, sino «un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él».

Es decir, las tecnologías no son simplemente ayudas exteriores, sino también, y sobre todo, transformaciones de la conciencia. Si la conciencia humana se modifica en un momento determinado de la historia con la aparición del libro, igualmente se transforma con la popularización de las pantallas de ordenador o de los teléfonos móviles.

Por lo tanto todo el trabajo de Carr, lejos de ser una crítica apocalíptica de los nuevos medios, está planteando una cuestión fundamental para el asunto que nos ocupa. Somos conscientes de lo que ganamos con la llegada de Internet, pero, ¿también de lo que perdemos? Y a partir de aquí se abriría un abanico de cuestiones que deberían haber estado encima de la mesa en el debate (o no debate) de la implantación de las TIC’s en las escuelas.

¿Se han implantado desde el conocimiento profundo de las mismas, de lo que suponen para los procesos cognitivos del alumnado a determinadas edades, o ha sido simplemente un dotar de maquinaria los centros educativos (es decir, en un negocio) como si lo que realmente importara fuera solo el «espectáculo» de los nuevos medios, como sostenía McLuhan?

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Reside en Tenerife, es profesor de Enseñanza Secundaria y doctor por la Universidad de Granada. Parte de su trabajo crítico está publicado en revistas como Álabe, Tonos, CLIJ o Elvira. Es autor de los poemarios Oposiciones a desencuentro (Dauro, 2007), Neverland (Zumaya, 2010), Novela Negra (Devenir, 2013), Muros (Accésit del XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, Playa de Ákaba, 2014) y ha preparado El Salón Barney. Antología de poesía española contemporánea publicada en la red (Playa de Ákaba, 2014), así como la edición crítica de Tempo militante (Academia de Hispanismos, 2017), de Cayrasco de Figueroa.  Ha colaborado en medios de comunicación domo Melilla Hoy, Canarias Ahora y El Cotidiano y ha sido, junto con los poetas Antonio Revert y Ernesto Suárez, uno de los organizadores del festival Voces del Extremo Tenerife 2017.

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