La necesidad de un relato

de España en el s. XXI-I

El 1 de Octubre pasará como una de las fechas más aciagas de la reciente historia de España. No quiero volver a incidir en el cúmulo de mentiras, despropósitos y de manipulación grosera que el independentismo catalán ha ejercido: todo vale en su proyecto autoritario, en connivencia con el populismo podemita –otro proyecto con la misma naturaleza autoritaria que aprovecha cualquier situación para destruir la democracia representativa–.

Es un caso único en el actual panorama mundial: una Comunidad Autónoma con una de las mayores cuotas de autogobierno del mundo desarrollado, que se embarca en un golpe de estado institucional saltándose cualquier norma y derecho internacional.

Todo ello en un clima de fervor político, social y mediático donde viven en una realidad paralela a cualquier advertencia nacional, europea o global. Su consigna es clara: cuanto peor, mejor.

Quisiera desarrollar otra idea: la necesidad de un relato de España en el s. XXI. Empecemos con el pasado que nos ha traído hasta aquí: una responsabilidad compartida del PP y del PSOE, en su relación con el pujolismo –personaje y familia silenciada en el discurso de su élite política, debido a su corrupción–, es la dejación de funciones propia de un gobierno nacional, por intereses partidistas, ante la construcción de un nacionalismo etnicista, que se ha fraguado mediante el odio a España.

La hispanofobia que recorre una parte importante de la sociedad catalana no es espontánea: un sistema educativo que adoctrina –es un caso único en Europa: un país donde la lengua común ha sido apartada para la inmersión completa en el catalán, dejando de reflejar el biligüismo real de la sociedad catalana–, y un complejo mediático subvencionado, han sido las dos puntas de lanza de este odio y desprecio ante todo lo que suene como español.

En medio de una Unión Europea que se construyó, entre otras cosas, para superar la historia de sus nacionalismos violentos y suicidas, se ha larvado un proyecto autoritario que, finalmente, ha enseñado su rostro: un proyecto que no respeta ninguna ley o norma democrática, tanto en el plano nacional como en el internacional. Seguiremos.

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