La necesidad de un relato

de España en el s. XXI-II

La idea de una España única, nacional-católica y nostálgica de su pasado imperial, es una de las herencias envenenadas que nos dejó el franquismo: una idea esencialista del s. XIX que se nutre de varios componentes; entre ellos, el de una España fascista vencedora en la Guerra Civil que fue la gran tragedia de nuestro país en el s. XX.

Por esta razón, la izquierda española, junto a otras razones, nunca ha logrado reconocerse en una idea de España continuando esta memoria malograda de nuestro pasado. Su error ha sido asumir acríticamente esa idea. Como vemos, éstas para ser comprensibles deben estar contextualizadas históricamente: el no hacerlo, lleva a un reduccionismo abstracto que se convierte en una geometría vacía de las ideas.

De esta debilidad, y de las necesarias cesiones que todas las partes tuvieron que hacer en la Transición, se alimentaron los nacionalismos esencialistas del País Vasco y Cataluña. Su proyecto era claro: repitiendo ese romanticismo político de una idea de nación decimonónica –imitando el franquismo españolista–, lograr la independencia aprovechando el mayor autogobierno de su historia que la democracia española en su diseño cuasifederalista –la España autonómica–, les otorgó legalmente.

El abortado plan Ibarretxe y la actual crisis de Cataluña se inscriben en ese proyecto de largo alcance donde el pujolismo, por ejemplo, puso las bases materiales del mismo, en complicidad con unos gobiernos centrales (PSOE y PP), que sólo se atuvieron al interés partidista de acuerdo a una ley electoral que les proporcionaba la llave del gobierno en una desproporción evidente entre sus votos y el poder real que ejercían –otro día abordaré la excepción del nacionalismo canario que, como otras veces, ha dado una lección de lealtad institucional–.

Hoy nos hallamos en una encrucijada: es necesario reformar la Constitución de 1978, y en ella, la primera clave es resolver por largo tiempo el diseño territorial de España –y aquí Canarias se juega mucho: lograr por primera vez el reconocimiento de su diferencia en todas las dimensiones–.

Termino con una idea a desarrollar: necesitamos un nuevo relato para esta incipiente etapa, donde España sepa reconocerse en la mejor época de su historia común, nuestra España democrática. Nunca hemos avanzado tanto en el ámbito político, económico, social y cultural como en estos casi cuarenta años juntos.

No dejemos que los árboles

no nos dejen ver el bosque