El reformismo democrático y

la saturación moral

Quisiera justificar una observación que se puede comprobar en los discursos políticos, económicos, sociales y culturales de nuestra actualidad: lo denominaré saturación moral. Consiste en la proliferación de una llamada a los valores, sean cuales sean, como estrategia de cambio hacia una realidad que, directa o indirectamente, se evalúa como negativa (cada lector puede poner aquellos adjetivos que le parezcan más pertinentes).

Mi idea es la siguiente: la saturación moral es un fenómeno de justificación y, en el límite, acrítico para no cambiar los fundamentos de nuestra débil democracia en la mayoría de los casos donde se enuncia. Dicho de otro modo: los valores se vuelven sospechosos cuando una apariencia ética protagoniza nuestros discursos insistentemente.

La saturación moral sirve para que no se asuman responsabilidades concretas por los errores y acciones injustificables desde cualquier punto de vista (político y moral). Decir que es necesaria que la confianza o la honestidad deba volver a ponerse en primer plano, es decir una obviedad.

Una perversa retórica comienza: esos valores como estrategia de saturación moral tienen una función de distracción para que nada cambie en las estructuras de esos partidos políticos, o empresas privadas (sí, económicas y financieras), y en la relación viciada entre ellos.

Es irónico escuchar cómo nuevos salvadores –sofistas de bajo vuelo–, y en verdad corresponsables de esta situación, se proponen ahora como la solución. La saturación moral tiene una función de distracción respecto a una ciudadanía que, impotente, asume otro discurso ético.

La saturación moral funciona en la medida que, aquello que debía ser un presupuesto, pasa a ser un objetivo político. Algo que evidencia la decadencia de un sistema: ¿puede ser la honradez lo que diferencie los discursos políticos?

No, es un presupuesto de toda acción política, pero no puede ser un objetivo explícito de la misma. Si lo es, es porque todo el sistema se ha gangrenado hasta límites insospechados.

¿Para qué sirven tantos códigos éticos y deontológicos a falta de sistemas de control que los hagan cumplir?

¿Cómo pueden proclamar valores aquellos que no han asumido ninguna responsabilidad concreta?

¿Cómo puede creerse creíble alguien, o una institución que no transforma su estructura y dinámica, esos mismos que han llevado a esta deslegitimación creciente ante una ciudadanía perpleja?

Aquí la saturación moral tiene una función de sustitución: no hay cambios en los fundamentos, sólo un cambio aparente para que todo siga igual.

Por último, la saturación moral es una estrategia donde se evita debatir los fundamentos de aquella estructura que está siendo cuestionada. No hay sistema que no pueda ser debatido, incluida nuestra democracia y su sacralizada Constitución de 1978 (no volvamos metafísica aquello que es un pacto político y social).

Lo que es criticable es la apelación a los valores (repito, sean cuales sean), mientras la estructura y dinámica de una corrupción generalizada se queda a salvo de cualquier cambio. La distancia de las élites (poder político y económico) y la ciudadanía se acrecienta, con la aparición de la antipolítica como actitud generalizada en la vida cotidiana (el tan peligroso todos son iguales).

Debatir es un verbo previo para cualquier transformación verdadera de esta frágil democracia. Los valores se ejemplifican, pero no es necesario enunciarlos constantemente. Aquí la saturación moral es una estrategia para evitar debatir los fundamentos de aquello que debe ser cuestionado y, en consecuencia, reformado.

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