Subir al Teide:

el mejor recuerdo

Ascender hacia las cumbres de Tenerife es un entrañable recuerdo, que los tinerfeños atesoramos en nuestra memoria desde la más tierna infancia. Desde pequeños, subimos cada invierno a disfrutar de su manto blanco o, en otras épocas del año, nos dejamos sorprender por los siempre fastuosos y bellos parajes que nos depara el recorrido. Dejando pueblos y ciudades atrás, emprender la marcha hacia el Parque nacional del Teide es siempre una feliz travesía.

Si el Parque Nacional del Teide figura –desde su fundación– como uno de los más visitados de nuestro país no es por casualidad. La magnificencia de su extensión y lo colosal de sus dimensiones, junto con su altitud sobre el nivel del mar, le confieren un halo de templo divino cincelado por las fuerzas abrumadoras de los elementos.

Lo que conocemos como Teide –el gran Pico que corona el parque– es una formación volcánica que se asienta sobre una antigua depresión del terreno. La sensación de quienes lo observamos, in situ, es la de que preside, altivo, el terreno; elevándose en la parte central del llano, que lo abraza en forma de caldera.

IsThisNecessary

Vivir el Teide es vivir la naturaleza, amar nuestros bosques, disfrutar de nuestro entorno y entrar en comunión con nuestra Tierra y nuestro cielo. Durante una noche despejada, las estrellas fugaces que puedes llegar a ver se cuentan por decenas. Se cuenta que, al ver una, si cierras los ojos y pides un deseo este se hará realidad. Eso sí, para pedirlo tienes que estar allí, bajo su influjo, contemplándolas