El fatalismo español:

un país sin autoestima

Desde la creación de la Inquisición, a través de la Leyenda Negra, y culminando en el franquismo, la mentalidad española ha asumido e interiorizado un estereotipo negativo (la hispanofobia) que ha mutilado su impulso histórico –entendido éste como capacidad de pensamiento y acción constructiva–.

Ni España es un país especial, ni su historia es un relato vergonzante: recaer en un análisis masoquista, donde todos deberíamos asumir una culpa infinita, es la peor mirada que podemos proyectar, aunque la tentación hipercrítica y apocalíptica tenga muchos seguidores en nuestra opinión pública. Lo ha desmenuzado magistralmente María Elvira Roca Barea en Imperiofobia y la leyenda negra (Siruela, 2017), resumiéndolo perfectamente en esta entrevista para El Cultural:

«Al asumir los tópicos de la hispanofobia, se da por supuesto que todo lo español es malo, que lo que hay de español en nosotros es la peor parte de nuestro ser».

«Van ya para tres siglos de hispanofobia asumida. Pero en determinadas ocasiones, en épocas de crisis y de incertidumbre, hay una recidiva. Ahora los nacionalismos periféricos1 que nacieron en el XIX y que son por definición hispanófobos se han aliado con la izquierda antisistema, cada vez más fuerte, y esto naturalmente tenía que producir un rebrote».

«Aunque la primera manifestación de la leyenda negra surge con el humanismo italiano, y ya es visible en el siglo XV. Desde el primer momento muy vinculada al antisemitismo. El español es malo porque es medio judío. Con el protestantismo, los españoles además de ser marranos, ignorantes, son hijos del Demonio. Esta imperiofobia feroz la encaja como un guante la Ilustración francesa, porque conviene a los intereses de su país, naturalmente. Pero con el cambio de dinastía, en el siglo XVIII, la hispanofobia se hace española. Nuestras élites imitan lo que viene de París, porque para ser moderno había que parecer francés, había que pensar que era cierta la barbarie española en América, que la Inquisición era una atrocidad, que la historia de España es pura intolerancia, que este país era atrasado y bárbaro… Más tarde el liberalismo y el nacionalismo rampante en el siglo XIX hicieron lo que faltaba para que la hispanofobia se asumiera en España».

«Es condena moral vinculada a la estirpe. Eres malo porque has nacido en un grupo humano que es malo por su sangre, moralmente inferior por el genus al que pertenece. La hispanofobia no puede desaparecer porque está escrita en el ADN de las iglesias protestantes, de dos de las corrientes culturales más importantes que ha tenido el continente, el humanismo y la ilustración; y de las ideologías triunfantes en el siglo XIX, como el liberalismo. Por no hablar de la colisión del Imperio español con casi todos los nacionalismos europeos: los emergentes en el siglo XVI en Gran Bretaña, Países Bajos, y los territorios germánicos, y finalmente triunfantes durante el siglo XIX. El problema es que ni nuestros historiadores ni nuestros intelectuales se han puesto nunca a reescribir la historia, sino a comentar la que escribían los ingleses o los alemanes y luego llegaba a España en francés. Así se fue ahondando más ese fenómeno del extrañamiento de los españoles con sus élites, asunto que tanto inquietó a Ortega. Porque en España para ser un intelectual de prestigio, hay que ser antiespañol. Así que cuando aprieta el zapato, este pueblo se ve solo ante el peligro, así se vio cuando la invasión francesa y así lleva aguantando mucho tiempo. Es verdaderamente un milagro que España siga existiendo».

Entrevista a Elvira Roca Barea, por Alberto Gordo

El Cultural, 06/02/2017

Como ven, lo que está ocurriendo no es espontáneo: está en nuestra voluntad democrática buscar una solución, pero sin falsas salidas.

Y esto empieza, entre otras cosas, desarrollando otra mirada

hacia nosotros mismos


1 N. del E.: A excepción del nacionalismo canario que es posterior, y que se diferencia claramente del catalán, el vasco y el gallego.