Unamuno

en Fuerteventura 

Miguel de Unamuno es uno de los grandes intelectuales de la España del s. XX. Su fuerte personalidad y su prolífica obra en diferentes géneros —filosofía, novela, poesía o teatro— desbordan cualquier etiqueta fácil: por ejemplo, el pertenecer a la generación del 98.

Quizás su tarea más importante, junto a Ortega y Gasset, es haber sido un modernizador, en diversos ámbitos, de la historia de España.

De este modo, esa evolución constante unamuniana que asume la contradicción, refleja una luz necesaria frente a las diferentes coyunturas políticas y sociales de nuestra sinuosa historia en el pasado siglo.

En este contexto, hay que comprender su destierro en 1924 a Fuerteventura por parte de la dictadura de Primo de Rivera: un acontecimiento azaroso que marcará su biografía, como tantas veces ocurre, y llevada al cine recientemente por Manuel Menchón, en La isla del viento. Y es que el azar es un maestro caprichoso de la vida humana, lo sepamos o no.

¿En qué influyó Fuerteventura

en este espíritu combativo?

Él confesará que «es una tierra acamellada», que le está sirviendo como «un verdadero sanatorio»; toma el sol desnudo en la azotea de su pensión, y a la vez, le emociona la pobreza de esa tierra, con la «riquísima nobleza de sus habitantes, los majoreros». Aquí se reconcilia con la escritura poética, y dejará una huella inolvidable en todos los que le conocieron en esos cuatro meses en que estuvo recluido y vigilado.

Se puede estar de acuerdo o no, con muchas de las posiciones que Unamuno fue arriesgando en su vida, pero estamos de acuerdo con uno de sus grandes biógrafos, Jean-Claude Rabaté, cuando define la naturaleza del pensador bilbaíno:

«Unamuno no fue un revolucionario, pero mantuvo siempre un contradiscurso frente al poder».

A veces, en esta España llena de corrupción y podredumbre, me pregunto: ¿qué opinaría el indomable Unamuno de nuestro presente? Creo saberlo, y estoy seguro de que los lectores también.

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